La Emperatriz Se Volvió A Casar - Novela Cap. 381
Si un oponente actuaba con arrogancia, uno elegía luchar hasta que la moral del oponente colapsara y dejar que recibiera un castigo severo. En cambio, si un oponente actuaba de forma lastimera, disminuía el deseo de luchar. Este tipo de oponente puede hacer que cualquiera que lo enfrente se sienta incómodo, incluso cuando el castigo es merecido.
Esto era especialmente cierto para Sovieshu, quien había recogido a Rashta herida, la cuidó y la colmó de afecto.
Al final, Sovieshu ordenó fríamente,
—Sal.
—Sí.
Rashta respondió sin fuerzas, con una voz apenas audible. Luego se giró para irse.
—Rashta.
Sovieshu la llamó antes de que abriera la puerta.
—Sí, Su Majestad.
Rashta se dio la vuelta sin la menor esperanza, como una flor marchita.
—El juicio del Vizconde Roteschu y del matrimonio Isqua se celebrará hoy. Puedes asistir si quieres.
Sovieshu ni siquiera miró el rostro de Rashta mientras hablaba. Ella no entendía por qué le pidió que asistiera a los juicios, pero tras pensarlo un poco, respondió que asistiría. Sovieshu asintió y le dijo que uno de sus secretarios la acompañaría. Rashta esperaba que fuera el Barón Lant.
Sin embargo, el secretario que Sovieshu envió más tarde a Rashta fue el Conde Pirnu, no el Barón Lant.
El Conde Pirnu y Rashta no solían interactuar, ni siquiera en sus mejores días, así que había incomodidad entre ellos. En cambio, el Barón Lant se preocupaba tanto por ella que incluso le sugirió huir.
Por esa razón, Rashta pensó que Sovieshu había asignado deliberadamente al Conde Pirnu, con quien no se llevaba bien.
Las intenciones de Sovieshu solo las conocía él mismo, pero Rashta tenía razón en que no era del agrado del Conde Pirnu, quien siempre tuvo un mal presentimiento sobre ella.
Nunca le agradó, especialmente desde el momento en que indagó sobre un regalo que Rashta había recibido de Sovieshu. Descubrió que ella lo había dado al Vizconde Roteschu, quien lo vendió.
—Su Majestad es libre de asistir a la Corte Suprema de manera oficial o no oficial. Puede hacerlo de la manera que le sea más favorable.
—¿Qué me aconseja el Conde Pirnu?
—Le aconsejo que asista al juicio de manera no oficial.
—¿Por qué?
—Ambos juicios están relacionados con Su Majestad. La situación podría volverse complicada si la Emperatriz está presente.
A Rashta le resultaba difícil confiar en el Conde Pirnu, pero sus palabras la convencieron, así que se puso un vestido sencillo, una capa ligera color púrpura sobre él, se recogió el cabello y ocultó su rostro con la capucha de la capa.
La Corte Suprema estaba conectada al Palacio Imperial por una pequeña puerta, pero la gente normalmente entraba y salía por la puerta principal.
Gracias a esta puerta que conectaba ambos edificios, el Conde Pirnu y Rashta pudieron entrar fácilmente a la Corte sin salir del Palacio Imperial.
Rashta se colocó entre el público oculta bajo su capucha. El Conde Pirnu y un guardia se colocaron a cada lado como medida de precaución.
En la gran sala se oían los susurros de los espectadores. Principalmente hablaban de los juicios próximos, pero en ocasiones también hablaban de Rashta.
Como los comentarios eran negativos, Rashta bajó aún más su capucha y preguntó,
—¿Cuál juicio es primero?
—El juicio del Vizconde Roteschu será primero, luego el juicio del matrimonio Isqua.
El primer juicio comenzó solo después de esperar cuarenta minutos.
—Roteschu Rimwell.
Cuando el Juez de la Corte Suprema, que estaba sentado en el asiento más alto, miró hacia abajo y llamó un nombre, apareció un rostro familiar.
Era el Vizconde Roteschu. Dos caballeros lo sujetaban por los brazos. Tan pronto como apareció, el público guardó silencio por un momento.
Rashta miró a su alrededor. Aunque la sala estaba en silencio, todos los presentes tenían una expresión feroz.
Debido a la rica historia de la Familia Imperial del Imperio del Este, siempre había sido motivo de orgullo. Aunque hubo ocasiones en que un Emperador no ganaba el corazón del pueblo, y otras en que el pueblo tomaba la iniciativa para criticar a la Familia Imperial, en general, el pueblo del Imperio del Este amaba a la Familia Imperial.
El Emperador Sovieshu era uno de los emperadores más queridos. Había estado involucrado en varios escándalos desde que tomó a Rashta como concubina, pero nunca abandonó sus deberes.
Para el pueblo, lo importante era Sovieshu como Emperador, no como persona. Incluso si fuera un mujeriego, el pueblo no lo despreciaría mientras velara por los intereses del país.
El Vizconde Roteschu había intentado hacer de su nieta una miembro de la querida Familia Imperial. Nadie presente dirigía una mirada cálida al Vizconde Roteschu.
El Juez de la Corte Suprema sentía lo mismo. Cuando el Vizconde Roteschu se detuvo en el lugar del acusado, el Juez comenzó a recitar los cargos con una expresión tan fría como la del público presente.
—Roteschu Rimwell. Engañaste al Emperador, al pueblo y al país para hacer que la hija de tu hijo, Alan Rimwell, fuera una Princesa. Cuando Rashta Isqua, esposa de tu hijo, se convirtió en la concubina del Emperador, quedó embarazada de tu hijo y tú lo ocultaste para que tu nieta fuera consagrada como princesa. Además, te aprovechaste del secreto de esta relación para obtener beneficios, y chantajeaste a la Emperatriz Rashta para recibir periódicamente dinero y objetos de valor. ¿Es esto cierto?
—…sí, es cierto.
Cuando el Vizconde Roteschu reconoció su crimen, los presentes comenzaron a maldecir en voz alta.
Rashta contuvo la respiración. De todos los cargos, solo era cierto que el Vizconde Roteschu la había chantajeado para recibir dinero y objetos de valor. Sin embargo, él reconoció todos los cargos, incluidas las mentiras.
¿Qué demonios le pasa? ¿Por qué reconoció esas mentiras tan a la ligera?
El Juez de la Corte Suprema levantó la mano para calmar al público y le hizo otra pregunta al Vizconde Roteschu.
—¿Quién más está involucrado en este crimen? Si dices la verdad, tu castigo podría reducirse, pero si mientes, tu castigo será mayor.
—Mi hijo, Alan Rimwell, y mi nuera, Rashta Isqua.
El Vizconde Roteschu cerró los ojos mientras el público escupía maldiciones con violencia.
El Conde Pirnu vio a Rashta a su lado morderse fuertemente los labios.
—¿Reconoces todos los cargos?
El Juez de la Corte Suprema hizo otra pregunta, a la que el Vizconde Roteschu respondió con calma,
—…sí. Lo planeé con mi hijo y mi nuera porque quería que mis descendientes pertenecieran a la Familia Imperial.
Desde el momento en que Alan se enamoró de Rashta, el Vizconde Roteschu no quiso aceptarla como su nuera, así que se opuso con todo tipo de acciones y maltrató a Rashta. Sin embargo, ahora él mismo la llamaba su 'nuera'. Era realmente irónico.
El Juez habló de nuevo con el rostro inexpresivo.
—Traigan a Alan Rimwell.
Esta vez apareció Alan, escoltado por caballeros.
Las voces indignadas del público se elevaron más, y comenzaron a lanzar huevos, frutas y demás.
—¡Maldito bastardo!
—¡¿Cómo te atreves a codiciar a la Familia Imperial?!
—¡Mereces ser ahorcado!
—¡Cuélguenlos a los dos ahora mismo!
—¿Dónde se esconde la Emperatriz? ¡Tiene que ser sentenciada con ellos!
Al oír los gritos a su alrededor, el rostro de Rashta palideció.
Ella había esperado que el Vizconde Roteschu culpara a otros de sus crímenes para protegerse. No esperaba que reconociera los cargos y tratara de arrastrar a todos con él.
El Vizconde Roteschu sujetó a su hijo con una mano y a Rashta con la otra, y arrastró a los tres a la muerte.
Las piernas de Rashta temblaban de miedo.
No había persona más temible que aquella dispuesta a morir con tal de arrastrar a otros. Uno podía encontrar formas de atacar a quienes intentaban defenderse, pero no había manera de lidiar con alguien que lanzaba un ataque suicida. Ese era el caso del Vizconde Roteschu.
Bajo la amplia capa, un par de lágrimas cayeron al suelo.
¿Su Majestad quería que viniera aquí para ver esto? ¿Como ya estoy acorralada, espera que simplemente acepte mi destino sin hacer nada?
Traducido por: Valiz
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