La Emperatriz Se Volvió A Casar - Novela Cap. 373
La pareja Isqua se sorprendió por las extrañas palabras del Vizconde Roteschu. La Vizcondesa Isqua preguntó directamente.
—¿Nuestra verdadera hija? ¿Qué quiere decir?
Como no habían podido encontrar a las dos hijas de las que se separaron, se encariñaron con su hija falsa, Rashta. Aunque el afecto que sentían por ella no era comprendido por los demás, ya que la conocían desde hacía menos de un año, era lo suficientemente fuerte como para que la pareja decidiera no culparla injustamente. Sin embargo, estaban desconcertados al oír hablar de su hija verdadera.
El Vizconde Roteschu sonrió con sorna.
—Oh, no. Pensé que ya lo sabían porque visitaban a Rashta con frecuencia. ¿Aún no lo saben?
El Vizconde Isqua exclamó con expresión rígida.
—¡Hable con claridad!
—Parece que la hija falsa que intentan proteger deliberadamente les ocultó esto.
—No puede ser…
—¿Quién es nuestra verdadera hija? ¡Dígalo de una vez!
La pareja Isqua sospechaba quién podía ser, pero presionaron al Vizconde Roteschu para que dijera la verdad. Sus palabras parecían insinuar que Evely era su verdadera hija, pero, si eso era cierto, sería cruel y horrible. Temían reconocerlo, por lo que gritaron, angustiados, al Vizconde Roteschu.
—Ya lo han deducido, pero no quieren aceptarlo. Es Evely. Evely. La segunda concubina de Su Majestad, la maga Evely.
El ambiente se volvió repentinamente frío, como si el aire hubiera desaparecido.
La Vizcondesa Isqua se cubrió el rostro con ambas manos, sus labios se pusieron pálidos y su cuerpo tembló.
—No tiene sentido… Es absurdo… ¡Es una mentira!
El Vizconde Isqua gritó con furia.
—¿Por qué deberíamos creerle?
El Vizconde Roteschu anticipó su reacción, por lo que sonrió con amargura y les entregó los documentos del orfanato que había llevado consigo para despejar sus dudas.
—Por supuesto, no estoy completamente seguro porque no se hizo una prueba de paternidad. Fui al templo y me dijeron que no podía realizarse si las partes implicadas no se presentaban. Pero dadas las pruebas, es muy probable que Evely sea su hija perdida.
El Vizconde Isqua aplastó los documentos en sus manos y gritó.
—¿Por qué lo dice ahora? ¿Por qué no lo dijo antes?
Si Roteschu no hubiera esperado tanto para revelar la verdad, podrían haber escapado con Evely a otro país. Al menos, no habrían intentado echarla del Palacio Imperial por Rashta.
Pero Roteschu esperó hasta que su situación llegara al límite para confesar. Sin duda, no tenía buenas intenciones.
—Rashta intentó matar a mi hija. Ya no tengo que encubrirla.
El Vizconde Roteschu no negó su motivo. Luego se dio la vuelta y se marchó.
Aunque la información que había obtenido no era concluyente, tenía que revelarla. Ya no dependía de él si la pareja le creía o no. Al menos, había sembrado una duda en sus mentes que los atormentaría. E incluso si Evely no resultaba ser su hija, ya no era asunto suyo.
Mientras subía los escalones de la prisión, escuchó detrás de él llantos desgarradores que lo hicieron detenerse un momento.
—Dese prisa.
Cuando el guardia que lo había dejado entrar en secreto lo apuró, Roteschu salió rápidamente de la prisión y le dio al guardia una gran joya como recompensa.
—Váyase de inmediato.
Sin que Roteschu lo supiera, Sovieshu lo observaba atentamente desde las sombras.
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El Vizconde Roteschu fue directamente a la capital para cambiar sus joyas por dinero en efectivo.
Una vez hecho esto, colocó todo el dinero en varias bolsas de aspecto común, luego metió las bolsas en una caja de madera simple y, por último, selló la caja con clavos.
Enviarían todo el dinero a su finca.
Aunque Rivetti era una chica inteligente y administrar la finca no era muy difícil, no tenía experiencia ni había aprendido a gobernar, así que seguramente cometería errores. Haría falta mucho dinero para cubrir esos errores.
Después de que el Vizconde Roteschu completó los preparativos que ayudarían a su hija y a su esposa, caminó de regreso a su mansión con orgullo.
Pero la sensación se desvaneció rápidamente. A los pocos pasos, comenzaron a caer lágrimas por sus mejillas. En realidad, tenía tanto miedo que quería huir.
Sin embargo, el Emperador había sido benévolo al darle tiempo para organizar sus bienes y salvar tanto a su hija como a su esposa.
Sabía que si intentaba abusar de la benevolencia del Emperador, no solo Roteschu y Alan serían ejecutados, sino que toda la familia sufriría el mismo destino. No tenía otra opción más que seguir adelante a pesar de su miedo.
Cuando Roteschu llegó a la mansión, un carruaje negro ya lo esperaba en el centro del jardín.
La mansión había perdido su esplendor y se veía desolada, pues ya no tenía empleados.
El mayordomo, que lo esperaba frente al carruaje, se acercó y dijo con tristeza,
—Mi señor…
—Entréguele esto a mi esposa.
El Vizconde Roteschu entregó las cajas selladas a su mayordomo de confianza.
—Señor, ¿No debería hacerlo usted mismo?
El mayordomo contuvo las lágrimas. Había estado al lado del Vizconde Roteschu desde que era muy joven, así que lo apreciaba más que a sus propios hijos.
Aunque el Vizconde Roteschu ya era un hombre de mediana edad, el mayordomo todavía lo veía como un hermanito al que debía cuidar. Si solo una persona de la familia pudiera sobrevivir, él quería que fuera el Vizconde Roteschu.
—No hay manera de salvarme después del escándalo de Alan…
—Señor…
—Confiaré en usted.
El Vizconde Roteschu dio una palmada en el hombro del mayordomo, luego sacó una pequeña bolsa llena de dinero.
—Esto es para usted, así que no se lo de a Rivetti aunque se lo pida. Con este dinero podrá vivir tranquilamente.
Cuando el mayordomo aceptó el dinero entre lágrimas, el Vizconde Roteschu miró alrededor mientras se secaba las suyas.
—¿Dónde está Alan?
Alan, que había sido encarcelado incluso antes de la prueba de paternidad, fue liberado brevemente después de que Roteschu hiciera el trato con Sovieshu. Sin embargo, Alan no pudo volver a ver a su padre.
—Algunos caballeros del Emperador vinieron a llevárselo.
—…
El Vizconde Roteschu cerró los ojos con impotencia.
El mayordomo sollozó y se secó las lágrimas con la manga de su traje negro.
—Usted también debe irse.
—Quisiera servirle hasta mañana.
—Si quiere ayudarme, vayase ahora.
Cuando el mayordomo subió de mala gana al asiento del cochero, el Vizconde Roteschu fue quien espoleó a los caballos.
Mientras veía alejarse el carruaje, los ojos de Roteschu se llenaron de lágrimas.
Recordó una vez en que se enfadó porque su único heredero era muy tonto, y su entonces sana esposa defendió a su hijo. Alan era aún pequeño en aquel entonces, y Rivetti aún no había nacido… recordó a su esposa debilitada sentada en una mecedora cantando con Rivetti en brazos… la recordó demacrada en la cama. Respiraba con dificultad, pero cada vez que él le tomaba la mano, ella la apretaba con todas sus fuerzas…
—Amor mío…
Desconsolado, el Vizconde Roteschu entró en la mansión.
De pronto, se preguntó qué habría pasado con Ahn, pero rápidamente dejó de lado el asunto porque no le importaba si vivía o moría.
Traducido por: Valiz
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