La Emperatriz Se Volvió A Casar - Novela Cap. 243
Capítulo 243 - Muestra su rostro (2)
Se celebraron pequeñas fiestas de té y banquetes para los distinguidos invitados que aún permanecían en el palacio imperial.
Sin embargo, las celebraciones oficiales de la boda habían terminado, así que me tomé un tiempo para hacer una lista de cosas por hacer.
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Sin embargo, mientras escribía lo que se me venía a la mente, sentí una mirada sobre mí.
Era Mastas. Estaba mirando el cuaderno con la boca entreabierta.
—¿Qué pasa?
Cuando pregunté, Mastas sonrió con incomodidad y dijo,
—Porque hay muchos signos de interrogación.
—Ah, esto no es un documento oficial. Solo escribo lo que se me ocurre.
—Ya veo.
Mastas observaba asombrada mi lista, y apenas toqué su brazo para que dejara de mirar, dijo con timidez:
—Ahh. Esto es una falta de respeto. —Y se fue rápidamente a otro lado.
Poco después, regresó con una canasta blanca.
La canasta estaba llena de todo tipo de sobres.
—¿Qué es esto?
Pregunté mientras dejaba el bolígrafo, y Mastas explicó con una sonrisa.
—Estas son cartas para Su Majestad la Emperatriz.
—¿Cartas?
Sabía lo que eso significaba.
—Fueron enviadas por las señoritas que tienen un amor platónico por mi hermano, ¿Cierto?
Sonreí de manera natural.
Recordé a mi hermano, incómodo entre las jóvenes elegantemente vestidas.
Pero Mastas respondió de inmediato:
—No lo creo.
—¿No?
—Las firmas de las remitentes son de damas como esta.
Mastas me extendió rápidamente una carta de la canasta para confirmarlo.
—¿Damas?
¿Las jóvenes convencieron a sus madres de enviarme cartas?
¿Quieren que me acerque a sus familias para proceder con el matrimonio?
Primero, abrí el sobre dorado y saqué la carta.
Cuando abrí la carta, doblada en tres partes, apareció una caligrafía clara e impecable.
—…
—¿Qué dice?
Le dije a Mastas:
—Un momento. —Y saqué otra carta para leerla.
—…
Después de hacerlo unas cuantas veces más, Rose asomó la cabeza con curiosidad.
Rose, que había traído otra canasta, actuaba de forma similar a Mastas.
No sabían nada.
Después de leer casi veinte cartas, dije con seguridad,
—Mastas, tenías razón. Estas cartas fueron enviadas por las damas.
Las cartas eran cordiales y amistosas, llenas de felicitaciones por la boda y una disposición a acercarse.
Inmediatamente después de la autoproclamación, las familias cercanas a Heinley fueron muy amables conmigo, así que esperaba que las damas de esas familias me enviaran este tipo de cartas.
Pero, ¿No son demasiadas?
También me parecía extraño que otras damas de la alta sociedad me vieran el último día de la recepción y decidieran no rechazarme de inmediato.
Tenía entendido que la mitad de la alta sociedad estaba del lado de Christa. Por muy cuidadosa que actuara, tendrían prejuicios hacia mí…
Esto era extraño.
Aun así, por el momento debía responder.
—Señorita Laura, creo que será necesario conseguir más papel de cartas.
—Sí, Su Majestad.
—Señorita Rose, ¿Podría encargarse de este asunto?
—Sí. No se preocupe.
Cualquiera que fuera el propósito, si realmente tenían buenas intenciones, estaría agradecida.
Sin embargo, si lo que buscaban era acercarse a mí para luego apuñalarme por la espalda, tendría que ser precavida.
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Al llegar al Palacio Imperial del Imperio Oriental, Rashta ordenó mediante un mensajero que el Vizconde Roteschu acudiera al palacio al día siguiente a las 10 a.m.
—¿Una orden?
El Vizconde Roteschu se molestó con el mensaje de Rashta, pero la visitó a las diez en punto de la mañana como se le había indicado.
Rashta le preguntó fríamente cuando llegó.
—El certificado del comercio de esclavos. ¿Dónde está ahora?
El certificado había sido dejado originalmente en la Corporación del Oso. Sin embargo, Koshar fue a recogerlo después de cortarle la oreja a Roteschu.
El Vizconde Roteschu fingió descaradamente no saber nada de eso.
—Por supuesto que está en mis manos.
—¿De verdad?
Rashta entrecerró los ojos mientras se mordía las uñas. Mientras Roteschu seguía fingiendo tenerlo.
—Por supuesto. ¿Quién más podría tenerlo?
—¿No se perdió?
—No.
—¿En serio?
—¡Sí!
—¡Mentira!
Cuando Rashta gritó y lanzó la taza contra la pared, el Vizconde Roteschu se estremeció y encogió los hombros como una tortuga.
La taza voló, golpeó la pared y se hizo añicos. Los fragmentos se dispersaron por el suelo de forma desordenada.
—¿E-Estás loca?
La sorpresa fue tal que el Vizconde Roteschu chasqueó la lengua, pero cerró la boca de inmediato al ver el rostro de Rashta.
—¿Está seguro?
Rashta inclinó la cabeza mientras preguntaba con voz profunda, lista para lanzar la otra taza a su cara en lugar de a la pared si decía algo incorrecto.
El Vizconde Roteschu guardó silencio.
Creía que cambiaría un poco al obtener poder. Eso le pasaba a todo el mundo.
Pero no esperaba que cambiara tanto ni tan rápido…
El Vizconde Roteschu solo chasqueó la lengua sin siquiera pensar en reprenderla como antes, diciéndole:
—Ni siquiera estás al nivel de mi hijo.
—¿Cómo sabe Su Majestad acerca de ese certificado?
El Vizconde Roteschu no podía mostrar su enojo, así que sonrió forzadamente.
—Todo es culpa de ese Koshar. Fue él quien robó el certificado.
Rashta miró fríamente al Vizconde Roteschu y le ordenó:
—No quiero verlo. ¡Lárguese!
—…
—¡He dicho que se largue!
El Vizconde Roteschu se levantó a regañadientes.
Rashta lo fulminó con la mirada, se quitó el anillo del dedo y lo lanzó a sus pies.
—Quédese con él.
El anillo enjoyado brilló hermosamente mientras rodaba por la alfombra.
El Vizconde Roteschu se agachó, recogió el anillo y salió de la sala con una sonrisa.
Pero en cuanto puso un pie en el pasillo, su expresión se volvió terriblemente fría.
¿Cómo se atreve a ser tan arrogante?
Aunque otros la consideraran comola esperanza de los plebeyosoun verdadero cuento de hadas, para el Vizconde Roteschu, Rashta no era más que una esclava a la que podía utilizar.
No importaba cuán alto fuera su cargo, el Vizconde Roteschu no podía verla como una noble.
Ese pensamiento tan estrecho avivaba la ira del Vizconde Roteschu.
Voy a tener que darle una lección.
No había hecho nada últimamente para corregir su comportamiento, pero el Vizconde Roteschu estaba decidido a aplastar el espíritu de Rashta ahora.
Tan pronto como llegó a su residencia, le dio instrucciones a Alan.
—Alan. Pide una audiencia.
Alan preguntó, desconcertado:
—¿Una audiencia?
Ya fuera un plebeyo o un noble, si uno pedía una audiencia podía hablar con el Emperador.
Como resultado, había tantas personas solicitando una audiencia que la fila de espera era extremadamente larga.
Los que pedían una audiencia debían soportar esa larga espera antes de ser recibidos.
¿Por qué tendría que solicitar una audiencia ahora?
—¿Por qué una audiencia?
—¿No participa Rashta en las audiencias?
Al oír el nombre de Rashta, Alan se tensó. Roteschu sonrió y dijo,
—Estoy seguro de que querrá ver a su hijo. Lleva a Ahn y muéstrale su carita.
Traducido por: Valiz
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