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La Emperatriz Se Volvió A Casar - Novela Cap. 242


Capítulo 242 - Muestra su rostro (1)

En el viaje de regreso reinaba el silencio dentro del carruaje.

Rashta no hablaba con el mismo entusiasmo de antes, y Sovieshu no decía nada mientras miraba por la ventana.

Rashta puso la mano sobre su vientre abultado y miró varias veces a Sovieshu.

Al ver que Sovieshu no decía nada, como si su alma hubiera sido drenada, no pudo evitar hablar primero.

—Su Majestad. ¿Hay algo que quisiera decirle a Rashta?

Finalmente, cuando Sovieshu miró a Rashta, ella retiró la mano de su vientre.

Después de un extraño silencio de tres segundos, Sovieshu sonrió cálidamente y bajó el brazo que apoyaba en la ventana.

—¿Qué pasa? ¿Estás aburrida?

—Sobre ese certificado… no le dijo nada a Rashta.

—¿?

—No se arrepiente de no habérselo dicho a Rashta…

—Cuando estás un poco estresada, ¿No lloras porque te duele el vientre? Si te lo hubiera dicho, podrías haberte desmayado del susto.

Cuando Rashta frunció los labios, Sovieshu suspiró, sonrió y habló en un tono suave.

—Vamos, no te enojes. ¿Hay algo que quieras?

—¿Cree que el estado de ánimo de Rashta mejorará con un regalo? ¿Cree que Rashta es un perrito que se calma con un trozo de carne?

—Eres más adorable que un perrito.

—Eso… eso es cierto.

—En todo caso, ¿Quieres decir que ahora no necesitas nada? Qué considerada. Entiendo tus palabras.

Cuando Sovieshu volvió a desviar la mirada, apoyando la barbilla en el alféizar de la ventana, los ojos de Rashta se agrandaron.

¿En serio? ¿De verdad no me dará nada solo porque no lo necesito?

¡En serio! Cuando Sovieshu parecía estar otra vez sumido en sus pensamientos, Rashta finalmente rompió en llanto con un pequeño sollozo.

—¿Rashta? ¿Por qué lloras otra vez?

—Lo odio, Su Majestad. No se burle de Rashta.

—¿Cuándo me burlé de ti?

—Hace un momento. Dijo que no le daría nada a Rashta.

—Pensé que entendí que no lo necesitabas.

—¡Nunca quise decir eso!

Cuando Rashta habló con severidad, Sovieshu mostró una expresión medio sonriente, medio torcida.

Cuando Rashta lo miró fijamente y preguntó:

—¿Qué pasa? —Sovieshu negó con la cabeza con una ligera sonrisa.

—Nada, nada. ¿Qué regalo quieres?

—Su Majestad debe hacer algo por mí.

—¿Qué puedo hacer para mejorar tu estado de ánimo?

—…

—No te preocupes. Dímelo.

—La Emperatriz Navier.

—¿Por qué mencionas a Navier?

—No compare a Rashta con la Emperatriz Navier.

—¿Cuándo te he comparado con ella?

—Dijo duramente que no esperaba que Rashta estuviera a la altura de la Emperatriz Navier.

—Ya veo. No lo haré más. ¿Está bien así?

Rashta solo asintió ante la nueva promesa de Sovieshu.

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Mientras Sovieshu y Rashta regresaban al Imperio del Este.

Heinley llamó a algunos asesores cercanos, incluyendo a McKenna, a su despacho para discutir lo que había ocurrido después de proclamarse Emperador.

Incluso antes de proclamarse Emperador, el Reino Occidental ya mostraba el estatus de un imperio, pero al pasar formalmente de reino a imperio, todos los documentos oficiales debían ser reemplazados…

Lo mismo se aplicaba a los procesos diplomáticos.

Heinley hojeó rápidamente los documentos y revisó los detalles de las reuniones con las delegaciones diplomáticas durante las celebraciones de la boda.

La mayoría de los países honraron al Imperio Occidental y a su Emperador, pero algunos estaban insatisfechos.

Separando a los países en dos grupos, Heinley ordenó a McKenna,

—Haz que una delegación visite este grupo de países y luego este otro, alternadamente.

—¿No sería mejor tratar a ambos grupos de países de manera distinta? A los que nos honraron y a los que no.

—Entiendo.

—Y también debemos averiguar si quienes nos honraron como Imperio, no lo hicieron solo por el momento.

—Sí, Su Majestad.

—Haz que se elabore un informe considerando esto.

McKenna movía las manos con rapidez, marcando los documentos clasificados de Heinley con distintos colores y poniéndolos en sobres separados.

Mientras hacía esto, de pronto se echó a reír.

—Será un mes infernal para el Ministerio de Asuntos Exteriores con todo el trabajo que hay por hacer.

—¿Solo para el Ministerio de Asuntos Exteriores?

—¿No es el Marqués Ketron la razón por la que puedes terminarlo todo de una vez?

Heinley se rió, de acuerdo con McKenna.

Una vez que ascendió al trono, Heinley reemplazó rápidamente a quienes no consideraba necesarios, y dejó en sus cargos originales a quienes creía esenciales, uno de ellos fue el Marqués Ketron.

El Marqués Ketron había servido como ministro de Asuntos Exteriores desde el reinado del anterior Rey, Wharton III. También era uno de los asistentes más cercanos de Christa.

Aunque era una espina clavada para Heinley, hasta ahora no había una persona adecuada para reemplazarlo.

Así que Heinley no tuvo más remedio que confiarle ese cargo.

—Es minucioso, al menos en su propio trabajo.

Cuando pensó en el Marqués Ketron, naturalmente también pensó en el asunto de Christa.

Heinley suspiró.

—También debo encargarme del asunto de mi cuñada…

—Su Alteza Wharton III le pidió como último deseo que cuidara de su cuñada.

—…

Dijo McKenna con preocupación.

—Si Christa fuera por su cuenta a la mansión Compshire, no creo que pase nada. Pero si la obliga, la gente hablaría.

Aunque no había sido elegido al trono mediante una lucha política entre hermanos, la posición del hermano mayor más débil, y del hermano menor más sano e inteligente, había sido objeto de rumores.

Su infertilidad, los intentos ocasionales de asesinato, los problemas con la nobleza… la gente daba por hecho que Heinley estaba detrás de todo.

Por más que Heinley se alejara de la escena política, las miradas sospechosas se infiltraban en él como la sangre.

¿Heinley enviará a Christa a Compshire a pesar de la última voluntad de su hermano mayor, su predecesor? ¿También en contra del deseo de Christa?

Aquellos a quienes les gustaba armar escándalo también encontrarían fallas en esto.

—Lo sé, pero…

Heinley frunció el ceño al recordar cómo Christa se acercó a él con un pañuelo después de que su cuerpo se pusiera rígido por la poción.

Ella sabía que estaba en una condición extraña, pero le secó el sudor sin llamar a nadie. Y su rostro sonrojado junto con su mirada temblorosa…

Heinley suspiró profundamente, cerrando los ojos.

Cuando asistía a fiestas en distintos países con el Duque Elgy, más de una joven lo miraba así.

Heinley sabía perfectamente lo que esa expresión, y esa mirada, significaban.

No podía permitir que su cuñada se quedara allí después de eso.

Sin embargo, la última voluntad de su hermano no representaba el único problema.

Navier.

Navier ya le había dicho a Heinley que no interviniera.

¿Así que qué pensaría Navier si echo a Christa?

—Tendré que discutir este asunto primero con mi esposa.

McKenna gruñó, frunciendo el ceño ante la voz grave de Heinley.

—La mansión Compshire es una mansión increíble, de hecho, es como un palacio. No, realmente es un palacio, excepto que no tiene instalaciones para albergar tropas.

—Está en la Ciudad del Arte.

—Sí, lo sé. Es un lugar con una atmósfera festiva todo el año. No sé por qué no quiere ir allí. En esa mansión su voz será escuchada como la dueña del lugar, evidentemente es mejor que estar restringida aquí.

McKenna, que no sabía que a Christa le gustaba Heinley, parecía genuinamente incapaz de entenderlo.

Heinley se rió, pero sintió un peso enorme en el corazón.

Traducido por: Valiz

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