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La Emperatriz Se Volvió A Casar - Novela Cap. 219


Capítulo 219 - Kapmen y Heinley (2)

—¡Su Majestad!

El Marqués Karl abrió la boca sorprendido.

Las cartas enviadas por los gobernantes de países vecinos debían conservarse. Sin embargo, él la hizo una bola y luego la arrojó al suelo.

Era importante guardarla para las generaciones futuras.

Sovieshu se levantó con frialdad y comenzó a pisotear la carta.

—¡Su Majestad!

El Marqués Karl lo llamó de nuevo en un intento por detenerlo. Pero enseguida guardó silencio y dejó que Sovieshu hiciera lo que quisiera.

Pensándolo bien, las generaciones futuras que pudieran leer esta carta conocerían la relación entre el Emperador Sovieshu y el Rey Heinley… al menos, eso pensarían.

Sovieshu solo volvió a su sitio después de pisotear la carta unas cuantas veces más. Sin embargo, aún seguía furioso.

Al ver la carta de Heinley, recordó a Navier sujetándole la mano con fuerza.

Una vez que se sentó, se recostó en su asiento.

Mientras cerraba los ojos y comenzaba a masajearse las sienes, escuchó la voz de Navier.

—No.

Una voz firme y fría.

—No.

No, no, no, no, no, no.

La repetición incesante de su voz le provocó aún más dolor de cabeza.

Sovieshu abrió los ojos de nuevo y solo entonces la voz desapareció.

—¿Su Majestad?

El Marqués Karl lo llamó preocupado.

Pero Sovieshu no respondió, simplemente suspiró profundamente.

El día de la última recepción de bodas, fue impulsivamente a visitar a Navier. Al verla de pie frente a la puerta del Rey Heinley, de pronto se arrepintió de todo.

Sintió que todo estaba mal. Una sensación de pavor se apoderó de él, como si el mundo se fuera a derrumbar si no hacía algo para enmendarlo.

No sabía por qué. Incluso ahora. Pero en ese momento, ese sentimiento fue tan intenso que Sovieshu no pudo evitar acercarse a Navier y decirle,

—Vuelve. No quiero que seas la esposa de otro hombre. Somos un matrimonio, Navier.

A juzgar por su rostro, Navier parecía un poco sorprendida.

Abrió los ojos con fuerza y lo miró como diciendo,¿Qué estás diciendo?

Luego, alzó una ceja y dijo con una leve sonrisa,

—No.

Esa simple respuesta lo enfureció.

El pavor desconocido fue reemplazado por la ira. Así que en lugar de insistir, se dio la vuelta y se marchó.

Pero ¿Por qué lo recuerda ahora con tanta tristeza? ¿Por qué el sentimiento de vacío era más grande que el de enojo?

—¿Su Majestad?

El Marqués Karl lo llamó otra vez. Sovieshu finalmente apartó sus pensamientos y dijo, mirando la carta arrugada en el suelo,

—Navier parece querer provocarme.

—¿Qué?

—Es obvio que está fingiendo tener una buena relación con el Rey Heinley frente a mí.

—…

—Guardemos la invitación por ahora.

Sovieshu cerró los ojos de nuevo tras indicar que podía retirarse. Sin embargo, el Marqués Karl solo recogió la carta arrugada y dudó en marcharse.

Sovieshu abrió los ojos y lo miró fijamente.

¿Qué sucede?

Cuando sus miradas se cruzaron, el Marqués Karl expresó con cautela,

—Su Majestad, quisiera comentar algo respecto a la donación de la Emperatriz.

—¿De Navier?

—…de Rashta.

—Ah. Rashta.

Sovieshu frunció el ceño y dijo,

—¿Qué pasa con Rashta?

—Dijo en la recepción de bodas que donaría veinte millones de krangs, ¿Cierto?

—Sí, eso dijo.

—¿Es posible que done esa cantidad?

—Ya confirmé esa parte con el Barón Lant. Será a través de pagarés imperiales.

—¿Pagarés imperiales?

Preguntó el Marqués Karl, desconcertado, y Sovieshu respondió como si fuera algo normal,

—Deben de haber sido dejados por Navier.

—¿La Reina Navier?

Los ojos del Marqués Karl se abrieron con asombro.

¡Así que la Emperatriz Rashta actuó como una persona generosa mientras usaba el dinero de la Reina Navier!

—En ese caso, ¿No debería recuperarlos, Su Majestad?

Pero Sovieshu respondió con calma,

—Ya está hecho. De todos modos, no habrá problemas a menos que lo reporte. Olvidemos el asunto.

—Pero…

—También servirá para mejorar la imagen de Rashta.

¿Estará bien?El Marqués Karl estaba preocupado.

No por este asunto, sino por Sovieshu.

Aunque parecía extrañar a Navier, aún seguía protegiendo a Rashta.

¿Qué pasará si sus acciones actuales lo llevan a un arrepentimiento mayor en el futuro? Eso era lo que realmente le preocupaba al Marqués.

Mientras tanto, Rashta estaba saboreando la mayor felicidad.

Observaba lentamente el Palacio Occidental, sintiéndose orgullosa.

Escaleras arqueadas elegantes, habitaciones para sus guardias, un vestíbulo espacioso, un salón espléndido y un dormitorio magnífico…

Todo esto era suyo.

En el palacio imperial, este edificio era exclusivo para la Emperatriz.

Aquí tendría a su hijo y viviría cómodamente. Después de mucho tiempo, su hijo ascendería al trono.

Cuando su hijo se convirtiera en el nuevo Emperador, ella sería la madre del Emperador.

¡Voy a dar a luz y a criar al gobernante de este vasto imperio!

Rashta se estremeció al mirar por la ventana, abrumada por sus emociones.

Ella había escalado desde lo más bajo por su cuenta. Era diferente de aquellos que tenían la suerte de nacer en familias ricas y poderosas.

Ellos seguían perezosamente un camino trazado durante toda su vida, pero ella no.

Ella bajó del acantilado y trepó por el terreno empinado hasta la cima.

Rashta sonrió.

Ahora que se había convertido en Emperatriz, pensó que todo había terminado.

Lo consideraba su victoria, el final feliz.

¿La Emperatriz del Pueblo? Nunca quiso ser eso desde el principio.

¿Qué hacían los plebeyos por sí mismos? Odiaba a los nobles, pero también odiaba a los plebeyos.

Si tuviera que elegir a alguien… elegiría a los esclavos.

¡Ahora todo depende de mí!El poder de la Emperatriz es inmenso.

Rashta presionó su puño contra el pecho. De lo contrario, sentía que su corazón se le saldría de golpe.

La escena de la recepción de bodas.

Solo pensar en ese momento le provocaba escalofríos.

Los gritos de alegría de los presentes…

—Todos aman a Rashta.

Una vez que se esparcieran los rumores de que había donado veinte millones de krangs, su popularidad aumentaría aún más.

Un futuro rodeado de flores, seda y joyas le aguardaba.

Rashta se dio la vuelta, complacida. Sin embargo, su única dama de compañía, la Vizcondesa Verdi, no mostraba ninguna expresión de alegría.

—¿Qué sucede?

Rashta se le acercó en silencio y preguntó,

—¿Por qué no está sonriendo?

La Vizcondesa Verdi respondió aturdida,

—¿Qué?

Rashta la miró con atención, inclinando ligeramente la cabeza.

—¿Por qué no está sonriendo? ¿Es porque no le gusta que Rashta esté aquí?

La Vizcondesa Verdi se sorprendió y lo negó rápidamente,

—No, por supuesto que no.

—¿Es porque recuerda a la Emperatriz depuesta? ¿El venir aquí la hizo extrañarla?

—No, en absoluto. —Negó apresuradamente la Vizcondesa. Rashta la miró con desconfianza, cruzada de brazos.

Cuando era concubina, tenía que tener cuidado con los demás.

Una concubina no tenía poder. Incluso legalmente, no habría problema si alguien la intimidaba.

Los nobles solo fueron amables con ella por el Emperador.

Pero ahora era la Emperatriz. Si alguien la molestaba, esa persona tendría que afrontar las consecuencias.

Quería probar esto cuanto antes.

—De verdad no es por eso, Su Majestad.

—Entonces quiero una explicación.

Rashta sonrió y levantó el mentón de la Vizcondesa Verdi.

—¿Por qué parece apagada en un día tan feliz?

—¡!

La Vizcondesa Verdi vaciló, pero el estado de ánimo de Rashta era tal que si no decía la verdad, se metería en un verdadero problema, así que finalmente confesó,

—El salón debía estar lleno de obsequios de los nobles.

Rashta se sobresaltó y respondió,

—¿Qué?

¿Regalos?

Ahora estaba en su dormitorio, pero acababa de pasar por el salón.

El salón estaba limpio y amueblado, pero no había visto ningún regalo.

Rashta volvió a la sala para comprobarlo.

Tal como ya lo sospechaba, no había regalos.

—¿De verdad debería haber regalos?

Cuando Rashta preguntó con desconfianza, la Vizcondesa Verdi respondió,

—Solo he vivido esta experiencia una vez, pero sin duda la mitad del salón estaba lleno de regalos cuando la Emperatriz Navier vino aquí por primera vez.

—¡!

—Le tomó varios días revisar los regalos y escribir cartas de agradecimiento. Lo recuerdo claramente.

Rashta se quedó completamente helada ante las palabras de la Vizcondesa Verdi.

Sintió como si la sangre se drenara de su rostro, enfriándose de golpe.

¿Qué significaba esto?

Durante la recepción de bodas, todos los hombres querían bailar con ella, y todas las mujeres le hablaban amablemente.

Todos, sin importar edad o género, la elogiaban.

Entonces ¿Por qué? ¿Por qué nadie envió un regalo?

Finalmente, su rostro se torció bruscamente.

La respuesta era obvia para ella.

Navier.

¿Qué hizo la Emperatriz depuesta mientras estuvo en el Imperio Occidental?

La gente la ignoró y los nobles fueron amables con Rashta. Obviamente, por eso difundió malos rumores sobre mí por todas partes. Además, es lo suficientemente inteligente como para hacerlo.

—Qué despreciable…

Murmuró Rashta, apretando los dientes.

Al ver su reacción, la Vizcondesa Verdi dio un paso atrás, desconcertada.

—Haré lo mismo.

—¡!

—Iré a su boda y haré lo mismo.

En ese momento, notó un pequeño regalo. Era difícil de distinguir porque estaba sobre las suaves alfombras.

Rashta corrió rápidamente y tomó el regalo.

Entonces juró.

No importa quién haya enviado este regalo, le ofreceré mi amistad más sincera.

Al abrir el regalo, encontró un pequeño anillo con una gran joya.

El nombre del Duque Elgy estaba escrito en el interior.

Traducido por: Valiz

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