La Emperatriz Se Volvió A Casar - Novela Cap. 179
Aunque podía rechazar la orden del Rey de convertirse en dama de compañía, hacerlo haría que quedara marcada por él.
Además, era un gran honor convertirse en dama de compañía de la Reina, y prácticamente nadie lo rechazaría, salvo que se tratara de una circunstancia muy especial.
Rose echó un vistazo a la orden del Rey con una expresión seria antes de soltar una risa.
—¿Esto?
—¿No te parece obvio y patético?
Murmuró Yunim con pesar, mientras sacaba la pesada espada de su cintura y la dejaba sobre la mesa.
Rose rió y volvió a leer la carta.
—¿Qué pasa? Parece que te hace gracia.
—Ajá.
Rose sonrió y miró a Yunim.
—Parece que está usando el cerebro. Está actuando como una buena Reina, incluso en la forma en que se dirigió a mí.
—Esto ocurrió porque mi hermano fue arrogante frente a la Reina, ¿No es así?
Había pasado solo unas horas, pero los rumores sobre lo que el caballero Yunim le hizo a Navier ya se habían difundido.
Yunim, por su parte, resopló, sorprendido al saber que su hermana ya lo sabía.
—Veo que la Reina y yo tenemos algo en común: un hermano impulsivo con mal carácter.
—Yo no golpeé a nadie.
—Si tú lo dices.
—…
—En cualquier caso, así se han dado las cosas. Está bien. Observaré a la nueva reina como su dama de compañía.
—¿Puedes hacer eso?
—Solo para ver qué clase de Reina es, qué puede hacer por el país, ese tipo de cosas. ¿Verdad?
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Alrededor de las once de la mañana, la hermana de Yunim vino a verme.
—Soy Rose Quebel, serviré temporalmente como dama de compañía de Su Majestad la Reina.
La observé mientras dejaba el libro sobre mi regazo.
No podía saber cuáles eran sus intenciones, pero a diferencia de su hermano, tenía educación en modales.
Sin embargo, sus miradas de reojo mostraban que también era muy cautelosa.
—Gracias por aceptar, Lady Rose.
Sonreí, dejé el libro a un lado y me puse de pie.
—Espero poder contar con usted.
—Por supuesto, Su Majestad la Reina.
Respondió con cortesía, mirándome fijamente.
Por su mirada, parecía tener curiosidad por lo que haría.
Le pregunté de inmediato.
—¿Puedes llevarme a la boutique?
Rose, que probablemente no esperaba que le pidiera algo tan pronto, respondió desconcertada:
—¿Qué?
—Me gustaría ir a la boutique.
—Ah… sí, la boutique.
Rose parpadeó avergonzada, pero pronto salió de la habitación con una sonrisa casual, diciendo:
—Sígame.
La seguí despacio, observando sus pasos.
No hay nada que refleje con más claridad la naturaleza de una persona que su forma de caminar. De hecho, había preparado varios escenarios mientras esperaba a la hermana de Yunim.
Iba a tratarla según el tipo de personalidad que tuviera.
Si era tímida y de corazón blando, sería amable con ella. Si era como un puercoespín que ya había sacado las púas, le daría tiempo para acostumbrarse.
Si era una persona que se sometía al poder, pensé en visitar a Heinley, y si debía ganarme su reconocimiento...
Necesitaría superar sus expectativas.
—Aquí es, Su Majestad.
Cuando entramos en la boutique, la costurera y sus asistentes corrieron a saludarme.
Acepté sus saludos con cortesía, luego sonreí y llamé a Rose.
—Lady Rose.
Ella me observaba en silencio, pero cuando la llamé, respondió con una sonrisa.
—Sí, Su Majestad.
Le dije, señalando la ropa que llevaba puesta.
—Traje muy poca ropa.
Para ser exactos, solo la que llevaba puesta.
Rose abrió los ojos sorprendida.
Probablemente pensó en lo apresurado de mi huida, que ni siquiera pude traer ropa.
—Ya veo. Entonces necesitará nuevos atuendos.
Seguí sonriendo y le pedí:
—Así es. Por eso necesito que consigas seis conjuntos lo antes posible.
—Entiendo. ¿Qué tipo de atuendos?
—Tres para uso diario, dos para trabajo y uno para un banquete simple, por si acaso.
—¿Y el estilo específico que desea…?
Supongo que quería preguntar por el rango de precios.
Le respondí con una sonrisa, fingiendo no notar lo que en realidad quería decirme.
—No conozco bien el estilo del Reino Occidental, así que lo dejaré en manos de Lady Rose.
De este modo, nadie podría criticar mi forma de vestir.
Di la orden deliberadamente frente a los demás. Si Rose preparaba atuendos extraños, la gente sabría de inmediato de quién era la culpa.
Rose dijo que lo haría, pero se mostró más cautelosa conmigo que antes.
Fingí no darme cuenta y le pedí que me mostrara el palacio.
—Quisiera familiarizarme con el lugar.
—...sí, Su Majestad.
Tras salir de la boutique y bajar unas escaleras, llegamos al palacio a través de un largo pasillo.
Había oído que era un país muy rico.
Fiel a su reputación, el palacio del Reino Occidental no era menos majestuoso que el del Imperio Oriental.
El palacio tenía un tono más brillante, con joyas incrustadas por todas partes.
Al verlo, reí, recordando las palabras de Heinley, quien insistía una y otra vez en que su reino era la capital de las joyas.
Es como un pájaro al que le gusta brillar.
¿Pájaro… Pájaro?
—…
—¿Reina? ¿Pasa algo?
—Ah. No, no. No es nada.
Recordé la hipótesis de queMcKenna era el pájaro azul, que había olvidado por un tiempo.
Le preguntaré a Heinley cuando nos volvamos a ver. Si McKenna era el pájaro azul, Heinley seguro lo sabría.
—Sigamos.
Sin embargo, cuando empecé a caminar de nuevo, de repente escuché unos pasos sigilosos.
—¿?
Esos pasos no eran de Rose.
Cuando me di la vuelta, vi a un hombre vestido elegantemente con una pluma en los labios. En ese momento, perdió el equilibrio y cayó.
Se levantó de inmediato y se sacudió los pantalones, pero dejó de moverse cuando se dio cuenta de que lo estaba observando.
—¿Quién es?
Le pregunté a Rose, y ella me susurró:
—Es un periodista autorizado para entrar al palacio.
Periodista…
—No es alguien con quien Su Majestad deba relacionarse.
añadió Rose rápidamente.
—Es mejor que lo reciba en otra ocasión, cuando esté programada una entrevista.
Parecía un poco incómoda, como si quisiera llevarme a otro sitio.
Como han pasado muchas cosas en la alta sociedad, es fácil convertirse en una buena presa para los periodistas. Esa parecía ser la razón.
—¿No hay más periodistas autorizados a entrar al palacio?
Como seguía preguntando, me respondió con un tono que indicaba claramente que no podía evitar mis preguntas.
—Actualmente hay tres periódicos autorizados a ingresar al palacio. Por cada periódico, solo un periodista tiene permiso de entrada.
Pero si solo había un periodista detrás de mí, ¿Significaba que los otros dos estaban siguiendo a Christa? ¿O a Christa no le gustaba que los periodistas rondaran por el palacio?
En cualquier caso, podía ser algo beneficioso en la situación actual.
En lugar de ir a otro lado, me acerqué deliberadamente al periodista y le pregunté con una sonrisa lo más suave posible.
—Parece que desea preguntarme algo. ¿Qué es?
El periodista abrió mucho los ojos, desconcertado, como si no esperara que me acercara directamente a él.
Rose también me llamó con impaciencia:
—Su Majestad.
El periodista era listo. Tras un momento de desconcierto, sacó su cuaderno de inmediato y preguntó:
—¿Cómo pudo casarse de nuevo tan rápido?
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Mientras tanto, el Duque Elgy caminaba junto a Rashta, aconsejándola.
—Tiene que acercarse a los periodistas, señorita. Al escuchar sus preguntas, sabrá lo que quiere el pueblo.
Curiosamente, la estrategia que le mencionaba a Rashta era similar a la de Navier.
Sin embargo, Rashta no prestaba mucha atención a su consejo. Recordaba las palabras de Sovieshu de no acercarse al Duque Elgy.
Aun así, vino a ver al Duque al día siguiente, así que, naturalmente, estaba preocupada.
Pero no podía evitarlo.
Rashta hizo un puchero.
El Barón Lant era amable e inteligente, pero seguía siendo un subordinado del Emperador, y la Vizcondesa Verdi no era nada confiable.
La nueva doncella, Delise, parecía leal, pero cada vez que veía a Sovieshu, se comportaba de una forma que incomodaba a Rashta. Finalmente, la doncella experimentada, Arian, hacía bien su trabajo, pero era tan callada que no se sabía lo que pensaba.
El Duque Elgy era una de las pocas personas en las que Rashta podía confiar en el palacio.
Rashta lamentaba no poder decirle que pronto se convertiría en Emperatriz. Si lo hiciera, el Duque Elgy dejaría de hablar sobre cómo convertirse en Emperatriz y le daría consejos sobre qué hacer una vez que estuviera en el trono.
—Además, los periodistas son importantes para aumentar su reputación. Incluso si es la persona más amable del mundo, los plebeyos no pueden verla en persona.
—Hmm.
—Por muy malos que sean los rumores, los nobles tienen la oportunidad de verla y juzgarla por sí mismos, pero los plebeyos no tienen esa oportunidad. Así que si quiere llegar a los plebeyos, manténgase cerca de los periodistas.
—No puedo…
Cuando Rashta murmuró esas palabras, el Duque Elgy preguntó, desconcertado:
—¿No puede? Señorita, usted dijo que quería convertirse en Emperatriz para protegerse a sí misma y al bebé. ¿Ha cambiado de opinión?
—No es eso.
—¿Cree que está a salvo ahora que la Emperatriz Navier se ha ido?
—Así es. Nadie hará daño a Rashta ahora.
—La próxima Emperatriz podría rechazarla aún más.
Rashta frunció los labios, se dio la vuelta y sonrió, reprimiendo el deseo de decir que eso no ocurriría.
Traducido por: Valiz
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