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La Emperatriz Se Volvió A Casar - Novela Cap. 138


Heinley tuvo un momento de duda atónita, pero luego su rostro se iluminó. Las palabras que me había dicho antes no fueron vacías, y parecía genuinamente feliz. Yo también no podía creer que hubiera considerado su loca propuesta.

Heinley abrió y cerró la boca varias veces antes de susurrarme rápidamente.

—Si... si fuera mi reina, sería el hombre más feliz del mundo.

Luego su voz se volvió solemne mientras hacía una promesa.

—Haré lo mejor que pueda para que no solo sea la mujer más feliz del mundo, sino la persona más feliz.

Sus ojos brillaban, y las comisuras de su boca estaban estiradas en una amplia sonrisa como si no pudiera evitarlo. Era como un perro grande que se había reencontrado con su dueño después de diez años. Heinley me recordó a mi mascota Retriev en esa situación, una de las criaturas más felices que conocí en mi vida. Retriev era un perro grande que había nacido el mismo año que yo.

La ansiedad aún pesaba en mi mente. Una parte intentaba susurrarme razones y tranquilizarme diciéndome que estaba bien.

Por otro lado, era como si el interior de mi boca estuviera podrido. Podía parecer demasiado calculador que ya hubiera encontrado un nuevo candidato para casarme antes incluso de concretar el divorcio. Bueno, viéndolo desde otra perspectiva, fue Sovieshu quien encontró primero una nueva pareja.

—Se lo prometo.

Abrí la boca y pronuncié mi voto a Heinley.

—Seré una buena Reina. No solo para ti, sino para el pueblo.

Lo decía en serio. Era la única manera de expresar mi gratitud. Y eso no era todo.

—Reina...

—Y nunca interferiré si acepta a otra mujer como concubina.

—¡!

En ese momento, la expresión de Heinley se sacudió como si fuera a derrumbarse. Sus ojos se abrieron de par en par por la sorpresa y me miró fijamente.

—¿Heinley?

Parpadeó cuando llamé su nombre y esbozó una sonrisa rígida.

—¿Concubina?

La palabra sonaba incierta en su lengua, como si nunca lo hubiera esperado.

Un horror me invadió. Me di cuenta de que había cometido un gran error. ¿Por qué demonios saqué el tema de las concubinas antes siquiera de casarnos?

—Lo dije solo por si acaso.

Parecía que iba a desmayarse del puro asombro, y traté de enmendar mis palabras apresuradamente. Sin embargo, mi ofrecimiento era sincero. Incluso si Heinley tomaba una concubina para sí mismo... ya estaba preparada. Esta vez.

Históricamente, la mayoría de emperadores y reyes tenían concubinas. El hermano de Heinley tenía varias amantes. Los pocos que no tenían, generalmente ni siquiera estaban casados. Alguna vez pensé que si existía un Emperador que no tomaría una concubina, ese sería Sovieshu, pero ese supuesto resultó equivocado.

¿Podría Heinley ser diferente? Sí, supongo que sí. Pero no quería que me tomaran por sorpresa de nuevo. Aunque Heinley no era tanto un mujeriego como sugerían los rumores, estaba claro que llevaba una vida libre.

Heinley me tomó firmemente del mentón y habló en voz baja.

—Reina, si no le importa, ¿Podría decirme los detalles?

A pesar de su alegría inicial, su expresión pronto se tornó seria.

—Me pregunto por qué de repente me ofreció un matrimonio político.

Me di cuenta de que aún tenía mi mano sobre la suya, y rápidamente la retiré. Heinley también apartó sus manos de mi rostro.

—Por supuesto, sea cual sea la razón, nunca trataré de persuadirla de lo contrario.

—Gracias.

—Pero Reina. Si va a ser mi Reina, entonces estaremos casados. Seremos... seremos esposo y esposa.

De repente, Heinley dejó de hablar y comenzó a abanicarse el rostro. Parecía avergonzado de decir las palabras "esposo y esposa", y sus mejillas se tiñeron de rojo. Sentí curiosidad por saber qué iba a decir, pero primero tomé su mano para calmarlo.

—¿Te sientes mejor ahora?

Su rostro seguía enrojecido, pero sonrió y se rascó la mejilla antes de continuar hablando.

—Sí, estaremos casados. Quiero saber por qué aceptó esto, Reina.

Si Heinley realmente quería tomarme como su reina, que así fuera. Mi sugerencia era extravagante y sin precedentes para cualquiera que la escuchara. Ahora que estaba aquí con Heinley, iba a contarle sobre mi situación.

Sin embargo, antes de que pudiera hablar, dos personas se acercaron a nosotros, y ambos detuvimos la conversación. Una de las personas llevaba una capa de la academia, mientras que la otra iba vestida con ropa común. Se detuvieron justo frente a nosotros, y el que llevaba ropa común hizo una profunda reverencia ante mí.

—Mis disculpas, Su Majestad. Había pasado mucho tiempo desde su partida, y estábamos preocupados al no recibir noticias suyas.

El decano debió de enviar a los escoltas por si acaso. Heinley miró su reloj. En efecto, el tiempo había pasado mucho más rápido de lo esperado. Compartimos una breve sonrisa, sabiendo que habíamos tenido pensamientos similares.

Cuando el hombre con ropa común miró a Heinley, este bajó de inmediato la capucha con la mano.

Ah. Había dicho que vino aquí en secreto.

Sería problemático si se difundían rumores de que lo encontré aquí, más aún estando a punto de divorciarme como Emperatriz.

—Muy bien. Regresemos.

Hablé tan calmadamente como pude, luego miré a Heinley y moví los labios diciendo

—Carta.

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En el momento en que Navier miró a Heinley y le dijo:

—Carta. —Con los labios, él sintió como si las piernas le fallaran. Después de que ella se fue, se desplomó en el suelo y recostó la cabeza contra una columna.

No podía creer lo que acababa de suceder.

Me encontré con la Reina...

En realidad, no fue coincidencia que los dos se encontraran en Rhode. Tan pronto como Heinley supo que Navier vendría a esta región, alzó el vuelo y se apresuró para llegar.

Sin embargo, el encuentro en el restaurante sí fue una coincidencia, y Heinley estaba extasiado por ello. ¿Qué tan probable era que dos personas pensaran en ir al mismo restaurante al mismo tiempo?

Su suerte no terminó allí. Él y Navier comieron juntos, caminaron juntos, e incluso vistieron la misma ropa. Aunque había otras veintitrés personas a su alrededor con el mismo uniforme, para Heinley eran invisibles.

Se cubrió la boca con una mano y golpeó su cabeza contra la columna, incrédulo.

Le habían propuesto matrimonio.

La Reina, por quien estaría dispuesto a todo, le propuso matrimonio directamente. Esto sería suficiente para satisfacer la impaciencia de los nobles y los regaños de McKenna. Varios transeúntes lo miraban extrañados mientras seguía sonriendo ampliamente solo.

Sin embargo, su expresión se volvió grave poco después. La felicidad del matrimonio estaba teñida por una sombra oscura: un matrimonio por conveniencia, la conversación sobre concubinas, una promesa de no interferencia... no sabía por lo que estaba pasando la Emperatriz Navier, pero le entristecía que no se mencionara el amor.

Solo necesito un trono para ella.

Miró al suelo, y los transeúntes continuaron murmurando entre ellos. Heinley ni siquiera los escuchaba. Se puso de pie y forzó una sonrisa.

Pero me alegra que haya cambiado de opinión.

Navier quería un trono, y él tenía un trono. Además, ¿Qué importaba si era un matrimonio por conveniencia? Mientras ella se quedara a su lado, tendrían la oportunidad de acercarse más.

Pero qué demonios pasó...

Traducido por: Valiz

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