La Emperatriz Se Volvió A Casar - Novela Cap. 125
Tal como temían el Marqués Farang y Navier, Koshar estaba furioso, fuera de sí. Ni siquiera estaba a punto de explotar: ya lo había hecho. La sangre le hervía en las venas como lava ardiente.
Tampoco se le encontraba en la residencia Troby. Tan pronto como escuchó que el Vizconde Roteschu había salido de su casa, Koshar fue tras él.
Sin embargo, antes de poder alcanzarlo, varios hombres grandes y corpulentos se interpusieron en su camino. Koshar intentó esquivarlos, pero ellos bloqueaban su paso una y otra vez. Los hombres se aseguraron de que no hubiera nadie más cerca, luego lo tomaron por el cuello.
—¿Eres el niño bonito, Koshar Troby?
Koshar frunció el ceño. Se había peleado muchas veces, pero rara vez alguien iniciaba la pelea sabiendo quién era. Los únicos que se atrevían eran unos borrachos fuera de sí.
Pero si estos hombres estaban confirmando si era de la familia Troby, entonces eso significaba…
Alguien los mandó tras de mí.
Soltó una carcajada seca. El hombre grande apretó más el agarre sobre Koshar y le lanzó una sonrisa burlona. Koshar le guiñó un ojo, y el hombre rugió directamente en su cara.
—¿Qué te crees que estás—?
Pero ni siquiera pudo terminar la frase: su visión se nubló cuando su cuerpo fue arrojado al suelo. Los otros hombres corpulentos se sorprendieron al ver a su compañero caer tan fácilmente, pero eran más que Koshar y se lanzaron contra él.
El enfrentamiento no duró mucho. Koshar, que había atravesado innumerables campos de batalla, jamás perdería contra unos matones de calle que solo sabían pelear con los puños. Koshar desenvainó su espada.
—¡Cobarde! ¡Usas un arma!
—¿Y ustedes no son los cobardes por atacarme en grupo?
Koshar derrotó rápidamente a los cinco hombres, y cuando intentaron escapar, les apuntó con la espada. Se acercó al más corpulento de todos y le presionó el arma en la ingle.
—¿Quién te mandó tras de mí?
—¿Q-quién me mandó? ¿De qué hablas?
El hombre intentó mantenerse fiel a su empleador, y Koshar esbozó una sonrisa cruel y dijo:
—¡Adiós, futuros hijos!
Aterrorizado, el hombre soltó la información de inmediato.
—¡Fue un hombre delgado, de mediana edad! ¡No sé su nombre!
Había muchos hombres delgados de mediana edad, pero Koshar logró hacerse una idea de quién era.
El Vizconde Roteschu.
El rostro de Koshar se oscureció, y el hombre corpulento inhaló con fuerza. Koshar giró su espada y golpeó la cabeza de ese hombre —y de los demás— con el mango, dejándolos inconscientes. Luego escondió sus cuerpos en un callejón. Entonces llamó a un sirviente para confirmar la ubicación del Vizconde Roteschu.
—Ha ido al palacio.
—¿En carruaje?
—No, va caminando. Parece que entrará por una entrada lateral.
—Tráeme mi caballo.
El sirviente le llevó el caballo, y Koshar montó con rapidez, con el sirviente detrás de él. Al acercarse al palacio, Koshar desmontó y le ordenó al sirviente que se llevara el caballo.
Koshar se ocultó en un camino que todos debían tomar para llegar al palacio, y entonces vio la figura del Vizconde Roteschu acercarse. Koshar salió de un salto, lo agarró y lo arrastró hacia una calle desierta.
—¡Dios mío! ¿Qué está pasando?
El vizcronde Roteschu forcejeó con todas sus fuerzas, pero no pudo escapar del agarre de Koshar.
—¡Suéltame, mocoso! ¡Déjame ir!
El Vizconde gritó con todas sus fuerzas, y Koshar sacó su daga y la sostuvo junto al rostro del Vizconde.
—¿Ves esto?
—¡!
—Si gritas una vez más, te la clavo en la garganta.
—¡O-oh…!
El Vizconde Roteschu temblaba de rabia, pero el miedo lo dominó. Koshar era famoso por su furia bestial, y el Vizconde no quería morir lenta y dolorosamente en aquel camino solitario.
El Vizconde Roteschu se quedó en silencio, y Koshar le dio un golpe en el costado del cuello, dejándolo inconsciente. Luego llevó el cuerpo del Vizconde a una mansión abandonada, lo arrojó dentro de una habitación sin ventanas y cerró la puerta. Aunque Koshar no había preparado cuerdas ni sillas de antemano, la habitación ya tenía todo eso, como si alguien más las hubiera traído con un propósito similar. Koshar amordazó al Vizconde y lo ató a la silla, luego le dio un par de bofetadas para despertarlo.
El Vizconde comenzó a moverse antes de abrir los ojos de golpe y, presa del pánico, intentó liberarse al ver la expresión amenazante de Koshar. Sin embargo, la mordaza ahogaba sus gritos y las cuerdas lo mantenían inmóvil. A lo mucho, podía sacudir la silla hasta casi hacerla volcar. El Vizconde jadeaba con esfuerzo, y Koshar sonrió mientras le tocaba la oreja.
—Voy a quitarte la mordaza ahora, así que no grites. Si lo haces, te va a doler mucho la oreja.
La tuya, claro, no la mía. Koshar lo susurró tan bajo que el Vizconde solo pudo temblar de terror. A pesar de la advertencia, el Vizconde Roteschu comenzó a gritar en cuanto le quitaron la mordaza. En respuesta, Koshar le agarró la cabeza y le cortó una oreja.
Pese a sus dudas anteriores, ahora el Vizconde vivía en carne propia el terror que representaba Koshar. El dolor le atravesó el cuerpo como un rayo, y luchó contra sus ataduras. Koshar volvió a ponerle la mordaza para silenciar sus gritos y lanzó la oreja mutilada al suelo mientras tarareaba una melodía.
El Vizconde estaba medio inconsciente a esas alturas, pero no perdió el conocimiento del todo y logró lanzarle una mirada fulminante a Koshar. Cuando Koshar le pasó los dedos ensangrentados por la frente, el Vizconde entendió que no tenía sentido resistirse. Esa bestia no tenía ni una pizca de empatía.
Al quedarse callado, Koshar le dio una palmada en el hombro y lo felicitó, diciéndole que así debía haberse portado desde el principio. Un segundo después, le soltó un puñetazo.
¡¿Por qué lo golpeaba si ya estaba quieto?! El Vizconde quiso decir algo sobre lo injusto que era, pero no pudo abrir la boca: los puños de Koshar seguían lloviendo desde todas direcciones.
Koshar lo usó como saco de boxeo, y justo cuando el Vizconde se desmayaba, Koshar sacó su reloj de bolsillo. Luego lo guardó y se quedó mirando al hombre desmadejado atado a la silla. Koshar sabía por experiencia que no moriría, y había calibrado el castigo para que causara un dolor intenso pero sin dejar secuelas.
Koshar abofeteó al Vizconde para volver a despertarlo. El hombre entreabrió los ojos inyectados en sangre.
—¿Despierto ya?
Koshar sonrió y lo saludó, y le quitó la mordaza. Esta vez el Vizconde no dijo nada, aunque algunos gemidos suaves salieron de sus labios. Koshar no lo golpeó de nuevo; en cambio, sacó un pañuelo y limpió los labios ensangrentados del Vizconde.
—Solo quería obtener la información que necesitaba de la manera más pacífica posible. ¿Por qué tuviste que ser tan violento?
—¿Violento? ¡Tú fuiste el que—!
El Vizconde Roteschu cerró la boca al ver los ojos de Koshar. Después de enterarse de que Koshar investigaba a Rashta, el Vizconde había mandado a unos hombres con la orden de herirlo gravemente, lo suficiente como para dejarlo incapacitado durante varios meses. Seguramente fue entonces cuando Koshar se enteró.
Koshar arrastró otra silla y se sentó frente a él.
—¿Estás ayudando a esa mujer?
—¿Qué mujer?
—La concubina del Emperador.
—Y-yo…
—Ni intentes mentirme.
—…
El Vizconde cerró la boca. Había visitado tanto a Rashta que todos sabían que tenían una relación. Koshar sonrió.
—Habla.
—¿Hablar de qué?
—De esa mujer.
—¿Qué de ella…?
—Lo que sea que me pueda interesar.
Koshar ni siquiera mencionó el tema de que el Vizconde le hubiera mandado matones, como si lo considerara algo sin importancia. Su mente solo estaba enfocada en obtener información sobre Rashta. El Vizconde tragó saliva.
—Es una plebeya.
—Nacida esclava, ¿Cierto? Es una esclava fugitiva. Tú mismo lo dijiste.
—Bueno… fue un malentendido…
—Vizconde, ¿Sabe cuánta paciencia tengo?
—¡!
—Muy poca.
Koshar mostró una sonrisa espantosa, y el Vizconde sintió un escalofrío. Era el tipo de sonrisa que uno pone justo antes de matar a alguien.
El Vizconde respondió apresuradamente.
—¡Sí, Rashta es una esclava fugitiva!
—Eso ya lo sé. ¿Qué más?
—¿Qué más?
—Lo de que era una esclava ya se sabe públicamente desde hace tiempo. Algo más.
El Vizconde trató de pensar qué podría querer Koshar. Koshar ya era rico, así que los sobornos no eran opción. Al mismo tiempo, el Vizconde necesitaba aplacarlo revelando alguna debilidad de Rashta. Gritó la respuesta en cuanto la encontró.
—¡Un bebé! ¡Tiene un bebé!
Traducido por: Valiz
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