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La Emperatriz Se Volvió A Casar - Novela Cap. 118


Capítulo 118 - Quiero ser como tú (1)

—¿Es así?

Heinley no intentó aclarar el malentendido. Los ojos de McKenna se abrieron tanto como discos. ¿Qué le pasaba a Heinley? McKenna no podía comprender su razonamiento.

El Gran Duque Lilteang simplemente sonrió, y permaneció sin corregirse ni darse cuenta, incluso después de haberse marchado.

—Aunque no diga la verdad sobre a quién quiere, ¿Por qué no aclaró el malentendido?

McKenna enfrentó a Heinley cuando los dos se quedaron a solas. La perplejidad del caballero era evidente, y Heinley sonrió mientras desabrochaba los botones de su chaqueta.

—¿A quién complacería eso?

—Primero que nada... a mí. Así no estaría tan confundido.

—¿Aparte de eso?

—Bueno, a largo plazo, beneficiaría al Gran Duque Lilteang. Habría dicho menos tonterías frente a usted.

Heinley terminó de desabrochar todos los botones de su chaqueta y la arrojó a un lado. Mientras tanto, McKenna tomó la prenda y la dobló cuidadosamente mientras esperaba la respuesta de Heinley. Heinley era un Rey, mientras que McKenna era hijo ilegítimo, pero aún tenía sangre real. Sin embargo, estaban acostumbrados a hacer estas tareas ellos mismos, ya que viajaban a menudo fuera de la corte.

—He reflexionado sobre tu consejo.

—¿Y?

—¿Por qué no despejé el malentendido? Porque seguí tu consejo.

—¿...cuándo dije algo así?

—Nadie recibiría con agrado a una reina que les trajera la guerra.

—S...sí. Dije eso.

McKenna miró a Heinley, desconcertado. ¿Qué tenía que ver eso con no aclarar el malentendido con el Gran Duque Lilteang? Heinley sonrió, sentándose en la cama con solo sus pantalones puestos.

—Vamos a ir a la guerra, ¿Verdad?

—Sí.

—No es una guerra que decidí por la Reina. Al menos, no fue el detonante.

—Nunca es el detonante.

Al contrario, era justo lo opuesto. Cuando McKenna estuvo en el Imperio Oriental, pensó que Heinley podría renunciar a la guerra por la Emperatriz Navier. A pesar de que Heinley revisaba mapas y libros de leyes todos los días, le había enviado cartas secretas a la Emperatriz durante meses. Sin embargo, McKenna había estado equivocado.

—Pero si corre el rumor de que amo a la Reina, la gente siempre la relacionará con la guerra. La odiarán por considerarla la causa.

—Bueno, supongo que sí.

—No quiero enredar a la Reina de esa manera. Tenías razón. Se lo dejaré a otra persona.

Los ojos de McKenna temblaron.

—Tiene razón, pero... ¿Ha habido un cambio en usted?

—Eres listo, McKenna.

—Es demasiado fácil de interpretar, Su Majestad.

—¿McKenna?

—...sí.

—Voy a protegerla para que las lenguas difamadoras no la alcancen.

McKenna quedó momentáneamente atónito. Entendió lo que Heinley quería decir, pero no podía evitar preocuparse. Heinley llevaba mucho tiempo preparándose para la guerra contra el Imperio Oriental. En medio de todo, conoció a la Emperatriz Navier y se enamoró de ella. Apasionadamente. Con una intensidad arrolladora.

McKenna no sabía qué planeaba hacer Heinley a continuación, pero no creía que fuera a forzar a la Emperatriz a su lado. ¿Podría esa mujer orgullosa aceptar que su enemigo también era su amigo?

—McKenna. Después de aplastar el Imperio Oriental, voy a llenar completamente de piedras las bocas de quienes insultaron a la Reina.

—¿Piedras...?

—Después de eso, las coseré y los haré arrodillarse y arrastrarse ante ella.

Heinley sonrió con malicia, y McKenna chasqueó la lengua.

—Muy bien, Su Majestad. Sin embargo... ¿No le preocupa que la Reina Navier no acepte al Rey del país que la atacó?

—¿Debería preocuparme?

—Sí. El amor y la amistad se romperán primero...

—...

—No logró conquistar su corazón como Príncipe de un país. ¿Cómo planea ganarse su corazón como Rey enemigo?

—Las aves bailan cuando cortejan, McKenna. Somos aves.

—¿Un baile de cortejo...?

—¿No crees que funcionará?

Heinley era tan sincero que McKenna no supo si estaba bromeando o hablando en serio. McKenna apartó la mirada y mintió.

—Funcionará. Baila bien.

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La primavera comenzaba a despertar lentamente el paisaje. Los días ya no eran tan fríos, aunque el viento aún podía morder la punta de la nariz.

Leía un libro junto a una ventana abierta. Ya casi había terminado de leer todos los libros que el Gran Duque Kapmen me había dado, y este era uno de los tres que quedaban. Aun así, era una lástima que no se hubiera logrado un acuerdo comercial con Rwibt. Si las cosas hubieran salido bien, convertirse en el centro de comercio entre dos continentes habría traído grandes beneficios...

La delegación pronto regresará de la coronación.

Quería escuchar directamente de la boca del Gran Duque Lilteang que Heinley había ascendido al trono de manera segura.

Miré las hojas verdes que comenzaban a brotar de las ramas afuera y extendí la mano para tomar el asa de la ventana. La primavera traía un nuevo calor, pero aún hacía demasiado frío para dejar la ventana abierta por mucho tiempo.

Sin embargo, antes de cerrar la ventana por completo, vi un pájaro azul volando hacia mí. El ave hizo un círculo alrededor de la ventana, luego se lanzó y aterrizó en el alféizar.

—¡El amigo de Queen!

Era el otro pájaro que el Príncipe Heinley había criado. Grité de alegría al verlo, y el ave saltó hacia mí. Después de cerrar la ventana y traerle un cuenco de agua, noté un collar con un anillo alrededor del cuello del pájaro.

¿Por qué está ahí?

Me pareció extraño, pero no toqué el anillo y simplemente abrí la carta atada a la pata del pájaro. La respuesta a mi pregunta estaba escrita en su interior.

Traducido por: Valiz

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