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La Emperatriz Se Volvió A Casar - Novela Cap. 92


—Es aún más peligroso si hablas en serio. ¡Te pueden ejecutar si lastimas al Emperador!

—Entonces mataré a la mujer.

—Las rencillas personales también son un delito.

Señalé con la mano hacia el estómago de mi hermano.

—Y el bebé de Rashta es el bebé del Emperador.

—¿Un bastardo?

—Un hijo de concubina. El Emperador lo espera con ansias.

Mi hermano me miró con una expresión que decía: ‘¿Y qué tiene que ver eso con algo?’

Me dolía la cabeza. Si se tratara de cualquier otra persona, podría decir que esas palabras fueron pronunciadas en un arrebato de ira. Pero no mi hermano. Mi hermano era un hombre que llevaba las palabras a la acción. No, era un hombre que actuaba impulsivamente.

—Muy bien, Navier. Entonces no dejaré que esa mujer dé a luz al bebé.

—Si tocas al bebé, enfrentarás un castigo aún mayor.

Era un gran pecado cometer un asesinato dentro del palacio imperial, pero lo era aún más atentar contra la descendencia del Emperador. El Vizconde Langdel estuvo a punto de ser ejecutado, no por apuñalar a Rashta, sino por amenazar la vida que llevaba en su vientre. Aunque la ley no trataba a los hijos de las concubinas como príncipes o princesas, tampoco se los consideraba nobles comunes.

—Hermano. Aunque mates a la señorita Rashta, como dices que harás, ¿Crees que el Emperador no tomará otra concubina?

A pesar de mis intentos por calmar a mi hermano, su temperamento no se enfriaba. Caminaba de un lado a otro por la habitación con las manos en la cabeza, mientras yo hurgaba en las bolsas de compras y sacaba uno de los regalos.

Era un sombrero. Me lo puse, esperando que eso lo animara. Arreglé mi cabello y me mostré ante él, pero mi hermano estaba demasiado furioso como para que un simple sombrero lo tranquilizara.

Se detuvo frente a mi escritorio y frunció el ceño al ver mi calendario.

—¿Un banquete?

Mi agenda diaria estaba marcada en el calendario, incluido el banquete para el bebé de Rashta.

—Hermano.

Me apresuré a tomar el calendario, pero mi hermano fue más rápido. Ya lo había visto y se volvió hacia mí, atónito.

—¿Por qué tienes que organizarles una fiesta?

—No es solo esa. Soy responsable de todas las fiestas en el palacio.

Mi hermano mantuvo la boca firmemente cerrada mientras me miraba fijamente. Sin embargo, sus siguientes palabras no fueron sobre el banquete.

—El sombrero te queda bien.

Su elogio inesperado me tomó por sorpresa, pero antes de que pudiera responder, se giró sobre sus talones y salió. Lo observé con ansiedad y, luego de que desapareció, me quité el sombrero y lo dejé sobre el sofá.

Me quedé allí, inmóvil, hasta que escuché el graznido de un pájaro cerca de la ventana. Mi mente me advirtió que podría tratarse de un intruso, pero aun así abrí la ventana y asomé la cabeza. Era difícil decir de dónde provenía el sonido.

El grito del pájaro me recordó a Queen. Una sensación de inquietud se agitó en mi interior. Tenía miedo de que algo le hubiera sucedido al Príncipe Heinley y a Queen. No creía que hubieran llegado aún al Reino Occidental.

¿Llegarían a salvo...?

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La comitiva del Príncipe Heinley atravesaba las montañas Borayong. Sin embargo, a diferencia de lo que Navier esperaba, el Príncipe Heinley y McKenna ya habían llegado al Reino Occidental.

El Príncipe Heinley estaba en la habitación del Rey. La cama era una maravilla de tonos beige y dorado, con un cabecero adornado con finos detalles en oro. Pero el hombre acostado en ella estaba lejos de verse majestuoso. Sus ojos hundidos y enrojecidos, junto con su rostro pálido, delataban su estado.

Heinley sujetó la mano del Rey Wharton III, su hermano y monarca del Oeste. Con cada respiro entrecortado que el Rey tomaba, el corazón del Príncipe Heinley se hundía más. Había tardado un momento en reconocer a su hermano menor y, cuando habló, su voz fue apenas un susurro rasposo.

—Heinley...

—Sí.

—Heinley...

—Sí, estoy aquí. Estoy justo a tu lado, hermano.

El príncipe Heinley apretó la mano del rey Wharton III.

—Heinley... cásate.

El Príncipe Heinley frunció el ceño. Incluso antes de enfermarse, su hermano siempre le insistía en que tomara esposa. Sin embargo, no podía responderle fríamente a su hermano enfermo.

Sin decir nada, Heinley sostuvo la mano de Wharton III, y el Rey lo miró con ojos opacos. Una sonrisa apareció en su rostro, como si hubiera notado la expresión poco entusiasta de su hermano.

—No es un regaño. Debes casarte, Heinley.

—...lo entiendo.

—Si muero... serás el Rey. Necesitas un sucesor.

—...

—Para el Rey... recibir a una Reina... no es una elección... sino una responsabilidad.

Heinley dejó escapar un suspiro.

—Sigues haciéndolo difícil.

—El país merece una buena mujer... no una mujer que sea encantadora a tus ojos... sino una Reina que ame a su pueblo.

El rostro de una mujer apareció en la mente del Príncipe Heinley. Una Reina que era encantadora para él y que era capaz de amar a su pueblo. Pero esa mujer ya tenía a otro hombre a su lado...

Su corazón se encogió.

—¿Y si hay una mujer que es ambas cosas?

—Bien. No la dejes ir.

Wharton III sonrió, no como Rey, sino como hermano.

—Si te casas, deja de ser un mujeriego.

Heinley había fingido ser un donjuán para construir una imagen desenfadada, pero ahora lo lamentaba, pues había alguien a quien realmente quería. Sus labios se curvaron en una leve sonrisa.

—Por supuesto.

—Sí... estoy seguro de que harás un buen trabajo... con el país.

Heinley suspiró y le dio una palmada en el dorso de la mano.

—¿Tienes algo más que decirme? Algo que no sea difícil, quiero decir.

Aunque nunca habían sido hermanos cercanos, el corazón de Heinley se llenó de tristeza y arrepentimiento. Wharton III parpadeó lentamente y luego desvió la mirada hacia el dosel de la cama. Heinley sonrió con suavidad.

—No debes tener nada más que decir.

Wharton III sonrió junto con Heinley y habló en voz baja.

—Cuida de tu cuñada.

—Sí.

—No dejes que los nobles te ignoren...

—Lo entiendo.

—No importa lo que digan los demás, yo te protegeré...

Los labios temblorosos de Wharton III se cerraron, como si hablar le costara un esfuerzo inmenso. Tomó unas cuantas respiraciones lentas y pesadas. Se volvían más espaciadas. Su agarre sobre la mano de Heinley se aflojó poco a poco, y Heinley la bajó con suavidad. El pecho del Rey, que antes subía y bajaba, se quedó inmóvil.

...

Heinley cerró los ojos y juntó las manos. Lágrimas rodaron por sus mejillas. El médico, que se encontraba detrás de él, se levantó para revisar el pulso del rey y luego habló en un tono solemne.

—...El Rey ha fallecido.

Los que habían permanecido en silencio junto a la pared se acercaron y se arrodillaron ante el nuevo monarca. Heinley abrió los ojos lentamente y los miró a través de su visión borrosa.

Traducido por: Valiz

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