La Emperatriz Se Volvió A Casar - Novela Cap. 84
Sovieshu tropezó brevemente, pero en lugar de caer, usó el impulso para contraatacar al Gran Duque Kapmen. El Gran Duque bloqueó el puño de Sovieshu con la mano, pero se estremeció cuando dos de sus dedos se doblaron hacia atrás.
—¡Deténganse!
Intenté interponerme entre los dos. Sovieshu era hábil en el manejo de la espada y en las artes marciales básicas, pero como estaba en la oficina del Emperador, no entrenaba con dureza. Kapmen, en cambio, era un mago que inevitablemente pasaba más tiempo investigando. En cuanto a una pelea, era obvio quién ganaría. No, sin importar quién ganara, seguiría siendo un problema.
Afortunadamente, Sovieshu y el Gran Duque Kapmen se separaron, pero continuaron mirándose con intensidad.
—¡Su Majestad!
—¡Arrestenlo!
—¡Aag!
La tensión solo se había aliviado por un segundo, y luego el alboroto estalló de nuevo. Los sirvientes se retiraron de la escena mientras los caballeros llegaban al mismo tiempo. Algunos de los caballeros se colocaron al lado de Sovieshu, mientras que otros rodearon al Gran Duque Kapmen. Los que lo hicieron desenvainaron sus espadas y las apuntaron hacia el hombre extranjero. El Gran Duque Kapmen miraba con calma a Sovieshu, a pesar de la pared de espadas que lo rodeaba.
—¡Retrocedan!
Di órdenes a los caballeros, pero no me escucharon.
—¡Les ordeno que retrocedan!
Grité de nuevo, luego me giré hacia Sovieshu. La prioridad de los caballeros era la seguridad del Emperador.
—Retrocedan.
Solo después de la orden de Sovieshu los caballeros bajaron sus espadas, pero no guardaron las hojas. Observaban cautelosamente los movimientos del Gran Duque, listos para apuñalarlo en cuanto representara una amenaza.
—No tienen que preocuparse.
El Gran Duque Kapmen levantó las manos.
—Mi especialidad es la magia, así que puedo atacarlos desde aquí.
Los caballeros se sorprendieron, luego redujeron la distancia hacia el Gran Duque. De repente, bajo los pies de uno de los hombres, hubo un destello de luz blanca y el chasquido de electricidad. El hombre se sobresaltó, retrocedió y cayó al suelo, mientras los otros caballeros levantaban sus espadas.
El Gran Duque Kapmen apretó el puño, haciendo que chispas blancas volaran y chisporrotearan desde su mano mientras miraba a los caballeros con amenaza. Su especialidad debía ser la electricidad. Los caballeros se miraron con incertidumbre, sabiendo que una pelea podría significar la muerte.
—He dicho que retrocedan.
Sovieshu chasqueó la lengua y agitó la mano, y finalmente los caballeros bajaron sus espadas de nuevo. Sovieshu, sin embargo, parecía completamente imperturbable ante el Gran Duque Kapmen, y lo miró con una sonrisa burlona.
—Bueno, parece que el Gran Duque Kapmen tiene un interés por la Emperatriz, ¿No es así?
—Solo porque tengo un corazón humano.
—¿Qué?
—¿Es lógico pedirle a su pareja que sea amable con el bebé nacido de una aventura?
—Una aventura.
La expresión de Sovieshu se oscureció.
—¿No sabe que Rashta es una concubina oficial?
—La Emperatriz no le dio su aprobación oficial.
—Ah. ¿Es la única mujer a la que el Emperador de Rwibt ama? Si ese es el caso, entonces puedo entender esa diferencia cultural.
Poco se sabía sobre el continente Hwa, pero ha habido varios rumores que han estimulado el interés de la gente. Entre ellos estaban las historias de harenes entre la realeza y la alta aristocracia, y cómo coleccionaban mujeres hermosas para adaptarlas a sus gustos. Las historias podrían haber sido muy exageradas, pero era cierto que los harenes existían. Sovieshu sabía de esto, y el ceño de Gran Duque Kapmen se frunció profundamente.
Sovieshu tenía una sonrisa de suficiencia en el rostro, pues había logrado señalar la hipocresía de Kapmen.
—No sé qué está planeando, pero no confío en un hombre que parece estar impulsado por la emoción. Para salvar su reputación, no lo encarcelaré.
Se dio la vuelta con frialdad.
—Pero tendré que reconsiderar mi trato con Rwibt.
Sovieshu se fue con sus hombres, dejando atrás al Gran Duque Kapmen, a Sir Artina y a mí.
Me volví hacia el Gran Duque Kapmen con lástima. Aunque había sido arrastrado por la poción, me había involucrado.
—Gran Duque, yo…
Intenté disculparme, pero él me interrumpió firmemente.
—No tiene que disculparse. Es culpa mía por no haber sido capaz de controlar mis emociones en ese momento.
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—¿Qué pasó?
El Príncipe Heinley presionó a Sir McKenna tan pronto como llegaron a los aposentos del Príncipe. Había tenido prisa, sintiéndose inquieto por la situación.
—Hay un mensaje urgente.
McKenna cerró rápidamente la puerta y se acercó al Príncipe Heinley, que estaba de pie cerca de la mesa, y luego le entregó una carta.
—¿Es de mi hermano?
El Príncipe Heinley sacó la carta del sobre y la desplegó. Su expresión se volvió cada vez más preocupada mientras leía el contenido. McKenna estaba de pie junto a él y lo observaba con atención. Había otra carta enviada a McKenna mismo, por lo que ya conocía la noticia que el Príncipe había recibido.
Wharton III, el rey del Reino Occidental, estaba en mal estado de salud. Se le pedía al Príncipe Heinley que regresara. Después de leer la carta, el Príncipe Heinley la colocó sobre la mesa y dio un pesado suspiro.
—¿Está bien?
McKenna examinó el rostro del Príncipe, y Heinley negó con la cabeza mientras miraba fijamente la mesa.
—El reino está estable y hay una amplia diferencia entre el Príncipe y el segundo heredero al trono… pero debería ir a casa pronto.
—Lo sé. Tengo que escuchar su voluntad.
El Príncipe Heinley y Wharton III no eran cercanos como hermanos, pero no tenían una relación terrible, ni tampoco había una sangrienta carrera por el trono. Aunque sus personalidades eran diferentes y Heinley solía desviarse del círculo original, se llevaban moderadamente bien. Heinley no estaba contento de escuchar que su propio hermano estaba muriendo.
Lo mismo ocurría con McKenna. Aunque era un primo bastardo y no podía contarse oficialmente como parte de la familia real, no era insensible.
—Su Alteza…
—Tengo dolor de cabeza.
El Príncipe Heinley sacó una silla para sentarse, luego apoyó la cabeza sobre la mesa.
—¿Debería ir con el Emperador Sovieshu e informarle que regresará?
—Lo haré yo.
—Yo…
—Yo se lo diré.
—Y en cuanto a su amiga por correspondencia…
—…McKenna.
—Sí, mi Príncipe.
El Príncipe Heinley levantó ligeramente la cabeza y miró al vacío. Luego se volvió hacia McKenna. Al percibir que la mente de Heinley estaba en conflicto, el caballero lo llamó con cautela:
—¿Príncipe?
—¿Cuáles son las probabilidades de que me case con ella?
—¿Qué?
—Nada.
El príncipe suspiró y volvió a apoyar la cabeza sobre el escritorio.
Traducido por: Valiz
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