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(Novela) El Señor demonio transmigró al cuerpo de una villana Cap. 140


El colgante de Daphne, que colgaba de mi cuello, brillaba en un rojo intenso.

No solo brillaba, sino que también irradiaba un calor abrasador, como si quisiera quemarme el pecho.

Por un instante, me desconcertó. ¿Qué le pasa a este collar?

Y, al mismo tiempo, toda la magia que estaba acumulando cerca de mi corazón se dispersó.

¡Bum!

Un instante después.

Un estruendo enorme resonó y una nube de humo cubrió todo a su alrededor.

Cuando por fin comenzó a disiparse, la gente pudo verlo.

A Isabella, desplomada en el suelo.

* * *

—Bella.

Fruncí el ceño al escuchar la voz que me llamaba.

No me llames. Mis párpados están demasiado pesados como para abrirlos todavía.

—Bella, despierta.

La voz me llamó de nuevo y esta vez me giré de costado, aún con los ojos cerrados.

Lo que me rodeaba se sentía como un suelo duro, y a mi alrededor flotaba el olor de la hierba fresca.

—¡Bella!

Mi nombre, pronunciado con tanta fuerza, me hizo abrir los ojos de golpe.

De inmediato observé lo que había a mi alrededor.

Un pequeño pueblo.

El pueblo estaba enclavado en medio de un espeso bosque y, en su centro, se alzaba un árbol gigantesco, el más grande que había visto en toda mi vida.

Sus ramas proyectaban sombra sobre todo el lugar, y alrededor florecían flores de todos los colores.

¿Dónde estoy?

¿Y por qué estoy aquí?

Parpadeé lentamente, y entonces los recuerdos se agolparon en mi mente como una tormenta.

Me encontré con Gabriel. Y, al final, yo….

—¿Qué pasó, entonces? ¿Al final morí?

Murmuré en voz baja para mí misma.

De no ser así, ¿cómo podría explicar esta situación?

—¿Moriste? No seas ridícula. Tú no estás muerta. Ahh… Todavía no has recuperado la razón, ¿verdad?

Ah, cierto. Esa voz que me llamaba desde hace un tiempo.

Giré la cabeza hacia su dueño.

Allí, sentado en el suelo, había una pequeña bestia.

Una criatura familiar. Aunque, en mis recuerdos, su tamaño era varias veces mayor.

—¿Nigel?

Lo llamé con incredulidad.

—¿Tú también moriste? ¿Por eso estás aquí con esa forma?

—¿Qué pasa contigo? ¿Por qué repites que estás muerta?

—¿Qué otra cosa podría ser? Mira mis manos.

Le tendí mis manos hacia Nigel.

A través de mis palmas translúcidas podía ver el rostro animal de Nigel.

Además…

Atrapé un mechón de mi cabello que caía por mi hombro.

Por un momento temí que, al ser mi mano translúcida, no pudiera agarrarlo. Pero no hubo problema.

No era el rubio al que me había acostumbrado durante los últimos meses. Era rojo.

El color de mi cabello original.

Mi verdadero cuerpo… No, ¿es correcto llamar a esto cuerpo en este estado?

Fuera como fuera, estaba claro que el sello que me mantenía atrapada en el cuerpo de Isabella se había roto.

—No estás muerta. Pero podría decirse que estás en un estado intermedio.

Nigel respondió a mi duda y, justo al terminar de hablar, me mordió la mano.

—¡Ah!

Aun siendo un espíritu, o algo parecido, podía sentir dolor.

Fruncí el ceño y froté la zona herida.

—¿Qué rayos haces?

—La pregunta debería ser: ¿qué diablos haces tú con tu vida? Y esa carta, ¿qué fue eso? ¿Quizá tus últimas palabras para mí? ¿Y lo único que dejas es una carta así?

Ah.

Supe de inmediato de qué carta estaba hablando.

La que había dejado en la mansión ducal, explicando cómo devolver a Isabella a su cuerpo original si algo me ocurría. Para que Nigel pudiera encontrarla.

—Y además, en la carta pones… ve con Raphael y pide prestado su poder de sanación para curar el cuerpo de Isabella si ha resultado herido; ve con Lilith y pide que te devuelva el alma de Isabella.

¿Eso? ¡Solo tú podrías hacerlo! Yo no tengo esas autoridades.

Nigel, después de decir eso, añadió con una voz cargada de reproche:

—¿Y cómo se te ocurre irte dejándome solo esa carta? ¿No podías, al menos, escribir unas palabras de despedida para un amigo?

Al parecer, Nigel estaba bastante molesto con mi carta.

—Está bien. En mi próximo testamento me aseguraré de escribir sobre ti.

—¿Qué? ¡¿Testamento dices?! Como vuelvas a escribir algo así, te juro que… ah, diablos, ni siquiera puedo decir “te mataré”. Pero no lo voy a dejar pasar, eso seguro.

La conversación sobre la carta terminó ahí.

Miré a mi alrededor y le pregunté:

—¿Dónde estamos?

—En mi hogar. Podrías llamarlo el pueblo de los hombres bestia.

—¿Y yo por qué estoy aquí? Recuerdo que el collar brilló y luego…

Repasé mis recuerdos, pero no conseguí dar con una respuesta.

Me llevé la mano al pecho. Incluso en este estado espiritual, el colgante de Daphne seguía colgando de mi cuello.

Pero ese collar lo llevaba cuando estaba en el cuerpo de Isabella. ¿Cómo es que ahora estaba aquí conmigo?

Miré a Nigel con ojos llenos de dudas.

Él suspiró suavemente y comenzó a hablar:

—Tengo mucho que contarte.

Eligió sus palabras con calma y, tras un largo silencio, lo primero que salió de su boca fue una bomba.

—Bella, no te asustes. Pero Gabriel es tu padre.

Nigel me pidió que no me sobresaltara, pero eso era imposible.

¿Cómo no sorprenderse ante algo tan absurdo y chocante?

—Eso es imposible.

—No. Es totalmente posible.

Y entonces me contó, en pocas palabras, el secreto de mi nacimiento:

Que Gabriel y Uriel mezclaron sus poderes y de ese experimento nací yo.

Por extraño que parezca, al conocer esa verdad no sentí la tormenta interior que esperaba.

—En realidad, es algo bueno.

No era raro que dijera eso. Siempre había bromeado con que mi mayor deseo era cometer parricidio, como Gabby, pero que era imposible porque, como demonio, no tenía ni padre ni madre.

—Ahora al menos tengo un padre con el qué cometer actos pocos filiales.

—¿Qué clase de manera de pensar es esa? Está bien intentar ver el lado positivo, pero… eso ya es demasiado.

Nigel murmuró en voz baja, casi para sí mismo.

Después, me preguntó con cautela:

—¿De verdad estás bien?

Asentí.

Los demonios somos buenos mintiendo. Así que, por supuesto, yo estaba bien.

En ese momento.

—Niña, ese es un pensamiento erróneo.

Una mujer de cabellos blancos hasta la cintura emergió de entre los árboles.

Me miró con una sonrisa y dijo:

—Niña. Ha pasado mucho tiempo.

De su rostro no se podía deducir su edad.

Por un lado, parecía una jovencita; pero, al mirarla bien, se podía sentir en ella la sabiduría de una anciana.

—¿Quién eres tú?

Le pregunté, irritada. Además, “niña”. Jamás me habían llamado con un apodo tan humillante.

Ella me devolvió una sonrisa cálida.

—No has cambiado nada desde que eras pequeña. Incluso entonces me preocupaba tu carácter. Me preguntaba en qué tipo de demonio te convertirías.

—Responde mi pregunta. ¿Quién eres?

—Bella.

Nigel, que escuchaba a nuestro lado, intervino.

—Ella es nuestra líder.

Nigel me susurró su identidad.

Así que ella era la Maestra de la Profecía, Celia. El último hombre bestia con un poder.

Parpadeé lentamente, observándola.

Según mis recuerdos, esta era nuestra primera reunión. Pero Celia me trataba como si fuéramos viejas amigas.

Antes de que pudiera preguntar algo, ella habló:

—Niña. “Esa cosa” no puede ser tu padre.

—¿“Esa cosa”?

—¿No te parece un ser repugnante? Hace lo que quiere, piensa lo que quiere. Si tu madre hubiera sabido de los planes de Gabriel, jamás habría aceptado tu nacimiento. Uriel no era alguien que temiera a la muerte.

—…Y esa ángel tampoco puede ser mi madre.

Me incomodaba la naturalidad con la que Celia se refería a Uriel como mi madre.

¿Llamar “madre” a alguien que jamás vi, de quien no tengo recuerdo alguno? Absurdo.

—Si Uriel te escuchara, se rompería el corazón. La hija a la que tanto protegió dijo algo así.

Aunque sus palabras parecían duras, su tono era ligero.

—En cualquier caso, niña, no tienes por qué creer nada de lo que diga Gabriel. Vivir mucho tiempo no convierte a nadie en sabio, y Gabriel es la prueba viviente de ello.

Celia lanzó una dura crítica contra Gabriel.