Regresar
DESCARGAR CAPITULO

(Novela) El Señor demonio transmigró al cuerpo de una villana Cap. 138


Mi rostro se llenó poco a poco de confusión.

¿Destinada a morir? ¿Qué demonios estaba diciendo este tipo?

—No digas estupideces. Yo… yo no he muerto. ¡Estoy viva y perfectamente bien! ¿De qué estás hablando?

Al final, no pude controlar mis emociones y grité.

Porque mi instinto me decía algo muy claro:

lo que Gabriel estaba diciendo no era, en absoluto, una simple tontería.

—El Señor del Contrato muere deteniendo al Dios de los Demonios. Es el futuro que vio Celia y una profecía ya dictada.

Me estremecí al escuchar aquel nombre extraño: Celia.

No la conocía, pero podía adivinar quién era.

La dueña de la profecía, alguien con el poder de prever el futuro.

Seguramente, la misma “jefa” de la que Nigel hablaba a menudo.

Repliqué enseguida:

—Pero sigo viva, ¿no? Entonces eso significa que la profecía estaba equivocada.

—…Es imposible que la profecía esté equivocada. Simplemente aún no se ha cumplido. Por eso tú… debes morir.

Por primera vez, la mirada de Gabriel vaciló.

¿Qué estaría sintiendo ahora?

En ese mar de emociones superpuestas que había en sus ojos, logré distinguir algo ajeno a él.

Culpa.

Pero fue un destello fugaz, que desapareció tan pronto como lo percibí.

¿Culpa?

No pude ocultar mi incredulidad.

¿Se atrevía a sentirse culpable? Después de haber arruinado mi vida por una razón así de absurda…

Muchas veces me había preguntado por qué Gabriel me mostraba tanta hostilidad.

Al principio pensé que era porque yo representaba la muerte de Uriel, la anterior portadora de mi poder.

Pero aunque yo muriera, Uriel no regresaría.

Por eso, siempre me había parecido extraño que su adversión no tuviera un propósito claro.

Y ahora… resultaba que todo era por esto.

¿Una profecía? ¿En serio?

—Sigues diciendo disparates. ¿Una profecía? ¿Y qué demonios tiene eso que ver conmigo? ¿O contigo, para el caso?

Le grité, rabiosa.

Jamás había creído en “futuros predestinados”.

Decidí sellar al Dios Demonio por mi propia voluntad, no por ninguna profecía.

Y además… estaba viva, a diferencia de lo que esa profecía dictaba.

Pero él hablaba como si fuera una verdad absoluta.

Lo que más me desconcertaba no era la profecía en sí, sino su obsesión con ella.

Como si, pasara lo que pasara, yo tuviera que morir.

¿Qué ganaba él con mi muerte?

—Aunque esa profecía no se cumpla… ¿qué más te da?

—¿Que qué más me da? Imposible.

Se negó a dar más explicaciones. No parecía tener la menor intención de contarme por qué se aferraba tanto a esa visión.

Tras un breve silencio, me preguntó:

—Si te dijera que tu supervivencia ha distorsionado el destino de otra persona, ¿qué harías?

—¿Y qué quieres que haga? —respondí sin dudar—. Eso no es problema mío. Ni siquiera es culpa mía.

Y aunque lo fuera… no cambiaría mi postura.

¿Morir por otra persona? Esa decisión… ya la había tomado una vez.

—¿Y quién es esa persona de la que hablas?

—…Olvídalo. No hablaremos más de eso.

Cortó el tema con frialdad.

Sentí una ira profunda bullir dentro de mí.

Gabriel quería que muriera, y por una razón incomprensible.

Y Zachary … había hundido una espada en mi corazón. Casi lo había conseguido.

A estas alturas, sería ridículo negar que había una conexión entre los dos.

Si Zachary intentó matarme, fue porque detrás estaba Gabriel.

—Entonces… ¿qué fue exactamente lo que hiciste?

Mi voz temblaba.

Gabriel, en cambio, habló con calma:

—No creo que lo ignores.

—Dímelo bien. De principio a fin. Sin omitir nada. ¡Ahora mismo!

Le grité con todas mis fuerzas.

Él hizo un gesto extraño y comenzó a hablar:

—Los humanos son seres frágiles. Aunque… tu contratista tenía más fuerza mental de la que esperaba. Pero, incluso así, una mínima grieta puede quebrar la mente humana.

—¿Grieta? ¿Qué quieres decir?

—Pecado. Al final, todo humano peca. Mi poder es juzgar ese pecado.

El poder de Gabriel: el poder del juicio. Algunos lo llamaban el poder del alma.

Le permitía castigar a las almas que habían cometido una falta ante él.

—¿Pecado? Imposible.

Lo dije con convicción. Zachary era el hombre más recto y bondadoso que había conocido.

¿Pecar él? Jamás.

Era capaz de dar su vida por salvar a otros.

Pero, al ver mi incredulidad, Gabriel continuó:

—Tu contratista sentía inquietud… por ti. Por tu poder. Por su posición indefensa si tú decidías abandonarlo. Ese temor creció… de forma retorcida.

—……

—Llámalo celos, o pensamientos insolentes hacia su maestra. Ese era el sentimiento que él albergaba hacia ti.

—No… imposible.

—¿Crees que a estas alturas tendría razones para mentirte?

—……

—A veces se imaginaba cómo sería si no fueras un demonio, sino alguien normal. Quería arrastrarte a su mismo nivel.

—Entonces, el pecado que dices…

—Codiciar lo que no debía codiciar.

Sentí que mi cabeza se entumecía.

Me pregunté por qué Zachary tendría esos sentimientos… y la respuesta me golpeó con dureza.

¿Fue… por mi culpa?

“Humanos… insignificantes humanos.”

Era algo que yo le decía con frecuencia.

Era también la excusa que usaba para justificar que nuestra relación no podía ir más allá del contrato entre un demonio y su humano.

Sabía que podía haber una razón, pero no quería afrontarla.

Mi mente comenzó a quedarse en blanco.

Gabriel, viendo mi desconcierto, añadió:

—Es lo que suele pasar cuando un humano se deja seducir por un demonio. Sueñan con ilusiones dulces que no les corresponden.

—No fue un juego. Yo… yo siempre fui sincera.

Me salió del alma, sin pensarlo.

Él arqueó una ceja, intrigado.

—No sé qué quieres decir con “sincera”. Ya te dije que siempre me interesaste, así que también se del tiempo que pasaste con él. ¿Hubo sinceridad allí?

No supe qué pensar de todo lo que me acababa de decir.

Me mordí el labio hasta sangrar y apreté los puños hasta que las uñas se hundieron en mi piel.

—Al final… el que me apuñaló ese día no fue Zachary, sino tú.

—Quien peca puede ser juzgado con mi poder. Solo hice realidad los pensamientos que él ya tenía.

En forma de su peor pesadilla. Y, a la vez, como castigo para él.

Mi corazón empezó a latir más rápido.

En resumen: Gabriel había utilizado a Zachary para matarme.

Usó su poder para controlarlo y hacer que me apuñalara.

—Habría sido mejor que me mataras tú mismo. Puedes hacerlo, ¿no? ¿Por qué usar ese método?

—…Porque te pareces demasiado a…para eso.

Murmuró algo en voz baja. Pero mi mente no estaba lo bastante clara para descifrarlo.

—Tonterías. ¿O es que no tuviste el valor de hacerlo tú mismo?

—Tú… no tienes idea. No sabes con qué pensamientos yo…

Por primera vez, Gabriel me gritó. En sus ojos vi rabia y hostilidad puras.

¿Que no me odiaba? Ja. Con esos sentimientos desbordándose, ¿cómo creerlo?

Entonces, sentí una presencia detrás de mí.

En medio de la catedral, donde el tiempo estaba detenido para todos…

Kaiden se movía.

Pero sus ojos carecían de vida. Caminaba, pero no parecía hacerlo por voluntad propia.

En un instante, estuvo frente a mí.

Su brazo se alzó lentamente. La espada, ya fuera de su vaina, reflejaba la luz que se filtraba por una ventana.

El filo trazaba un arco lento hacia mí… como si el tiempo fluyera distinto para mí sola.

Me quedé inmóvil, helada en mi sitio.

La sombra de la espada se acercó a mi corazón.