(Novela) El Señor demonio transmigró al cuerpo de una villana Cap. 136
Al tomar la mano de Kaiden, me invadió una extraña sensación.
La dureza y los callos de su palma insinuaban que su vida estaba lejos de ser tranquila.
Y además…
En el pasado solía tomar esa mano sin dudarlo, pero ahora me irritaba tener que pedirlo para poder tocarla.
“Hm… pensándolo bien, incluso antes no era fácil agarrar su mano.”
Me permití recordar.
—Dicen que los humanos, cuando caminan juntos, suelen tomarse de la mano, ¿no? Si estás en el mundo intermedio, deberías seguir sus costumbres. Vamos, dame la mano.
—…No existe tal costumbre. Y hacerlo es solo para personas muy cercanas.
—¿Ah, sí? Bueno, en el mundo demoníaco, los demonios suelen caminar tomados de la mano. Aunque estemos en el mundo intermedio, yo soy un demonio… y siento las manos muy vacías.
—Con su permiso, me retiro.
¿Qué fue lo que Daphne dijo cuando lo vio?
—Por todos los cielos, Bella, ¿qué clase de demonio seduce tan mal? Ah… déjame enseñarte un truco.
Y la “enseñanza” de Daphne… bueno, digamos que no eran palabras propias de una santa.
De cualquier forma, Zachary era un humano difícil.
Ese pensamiento me hizo apretar su mano sin querer. Tal vez porque estaba imbuida de magia, sentí que la suya se estremeció un instante.
Kaiden empezó a escoltarme hacia la catedral. Detrás, los sacerdotes nos seguían con pasos apresurados.
Yo me dediqué a mirarlo descaradamente.
Debió sentir mi mirada, pero siguió mirando solo hacia adelante.
Molesta por su indiferencia, le dije:
—No ha pasado tanto tiempo, ¿verdad? Bueno… han sido pocos días, pero, ¿cómo has estado?
Kaiden no pudo ignorar mi pregunta y respondió sin resistencia.
—Bien. He estado bien.
—Vaya… qué pena. Yo esperaba que no lo estuvieras.
Lo decía en serio. Como demonio, no podía simplemente alegrarme al ver a mi contratista después de tanto tiempo.
Nací torcida, distorsionada.
Él osó perturbarme, hacerme sentir emociones confusas… así que no podía aceptar que hubiera estado en paz sin mí.
Aunque, si debía decirlo, me parecía que su “he estado bien” era una mentira.
Su rostro, normalmente sereno, tenía grietas. Y las sombras bajo sus ojos me decían que llevaba tiempo sin dormir bien.
Ante mi obvia hostilidad, Kaiden parpadeó lentamente.
—…No sé por qué me trata así, santa.
Yo tampoco lo sabía.
O mejor dicho… no sabía cómo tratarlo.
Al verlo, me enfadaba… y me alegraba. Sentía rabia y al mismo tiempo añoranza.
Yo, que solo conocía lo blanco y negro, la ira o la alegría, sentía ahora una paleta entera de matices por su culpa.
¿Y tiene la osadía de olvidarme? ¿En verdad?
Si no fuera por los sacerdotes alrededor, habría…
En mi cabeza se cruzaron mil ideas terribles, pero solo pensar en ellas me dejaba una punzada incómoda en el pecho.
“Bella, eres un demonio sin remedio…” me reprendí internamente.
Mientras caminábamos hacia la gran catedral, la luz del sol se filtraba por las ventanas, iluminando el pasillo.
Un rayo tocó el cabello de Kaiden y brilló antes de desvanecerse.
Por un momento, él me pareció frágil… como si pudiera desaparecer en cualquier instante.
Sin darme cuenta, murmuré:
—¿Te pasa algo?
—No entiendo a qué se refiere.
—Tu cara… pareces demacrado. ¿No duermes por las noches?
Quizás acerté, porque Kaiden dudó un instante antes de responder.
—Últimamente… cada noche, alguien aparece en mis sueños.
Me detuve un momento, con una sospecha en mente.
—¿Esa persona… tiene el cabello rojo?
—…No.
Vaciló, pero negó.
Sentí una punzada de decepción. Pregunté por instinto, y ahora me enfadaba conmigo misma por haber esperado algo.
¿Qué estaba esperando exactamente?
Ya estábamos lo bastante cerca como para ver las puertas de la catedral.
Me apresuré a preguntar.
—¿Quién aparece en esos sueños?
—No lo sé… pero su voz me resulta familiar.
Kaiden dejó la frase inconclusa, con el ceño ligeramente fruncido.
No sabía quién era, pero me enfureció la idea de que alguien se atreviera a colarse en los sueños de mi contratista.
No era un sentimiento racional, pero… ¿cuándo he actuado yo con racionalidad?
—¿Qué te dijo esa voz? —pregunté.
—…Una orden que jamás debería seguir.
¿Hm?
El tono de Kaiden era tan cargado, tan oscuro… que por un instante me desconcertó. Era como si estuviera impregnado de un arrepentimiento profundo.
—Entonces, si no debes seguirla, no tienes por qué obedecer.
—Pero cuando la escucho… siento que me pierdo a mí mismo.
Era extraño. Solo era un sueño… y, sin embargo, tenía la sensación de que había algo detrás de él.
Quería seguir preguntando, pero ya habíamos llegado a la entrada.
Me aseguré de que todo en mí estuviera en orden.
Mientras fingía alisar las arrugas de mi falda, palpé el interior del bolsillo. Ahí estaba la piedra mágica, con su contorno definido.
“Ojalá no tenga que usarla…”
Pero mi instinto me decía que no quedaba mucho tiempo antes de que la piedra se desmoronara.
* * *
Al entrar, sentí cientos de miradas sobre mí.
La catedral estaba dividida entre los asientos de los fieles y el altar de oración.
Los bancos estaban repletos de nobles.
La Reunión de Oración era un evento solo para quienes, dentro de la nobleza, cumplían con el rango y reputación que el templo exigía.
En condiciones normales, Isabella nunca habría sido invitada, pero ahora yo estaba aquí… como santa, representando a todos frente al dios celestial.
Aunque, sinceramente, no sentía nada especial.
Los eventos humanos, y más aún uno de alabanza al dios celestial… no me resultaban agradables.
Disimulando mis pensamientos, avancé lentamente por el pasillo central.
Al llegar a los escalones que conducían al altar, Kaiden dijo:
—A partir de aquí, debe ir sola, santa.
No quería soltar su mano, pero había demasiadas miradas.
Entre ellas, la de Gabby, que me observaba con una hostilidad que no entendía.
“¿Será porque no lo saludé?” pensé.
Aún agarrando a Kaiden con una mano, levanté la otra para saludar a Gabby.
Algunos presentes suspiraron.
“¿Qué? ¿No se puede saludar?”
Gabby me miró con una expresión rara, como si se aguantara la risa.
Al final solté la mano de Kaiden y subí sola.
El camino hasta el altar era más largo de lo que parecía.
El collar que llevaba golpeaba mi pecho a cada paso. Se lo había pedido prestado a Daphne por capricho al vestirme, aunque para Isabella tenía significado… para mí no.
Lo usaba probablemente solo por recordar a quien me lo dio “o al menos, quien creí que me lo dio”: el duque.
Al llegar, lancé una mirada hacia los asientos delanteros.
Gabby sonreía y el duque me observaba con una mezcla de preocupación y resignación.
Sobre el altar me esperaba el pergamino con la oración que el templo había preparado para mí.
“Hmn.”
Lo leí por encima y me debatí un instante.
¿De verdad tenía que recitar eso?
Era un texto tan cargado de alabanza al dios celestial que hasta me avergonzaba leerlo.
Yo, un demonio, pronunciando tales palabras…
[Oh, todopoderoso dios celestial, escucha nuestras plegarias.]
Leí la primera frase en mi mente.
“Ugh… sigue sin gustarme.”
Volví la vista al público. En primera fila estaban el sumo sacerdote y la princesa Carolea. El duque me había contado que él trataba seriamente de ganarse el favor de la princesa.
Ese fue el momento en que un impulso me recorrió. Un demonio debía arruinar los planes ajenos, después de todo.
Además, el sumo sacerdote se había atrevido a meterse con mi contratista.
Así que… mejor destrozar la ceremonia.
Abrí la boca:
—Oh, dios celestial… más o menos, escucha nuestras plegarias.
El murmullo entre los nobles no se hizo esperar.
“¿Y qué van a hacer?” pensé, sonriendo con descaro.
El dios celestial llevaba mucho tiempo ausente. Y si pudiera escuchar, estoy segura de que disfrutaría más de mis palabras que del sermón aburrido del templo.
Continué:
[Concédenos fuerza y sabiduría para superar las pruebas diarias y guiarnos por el buen camino.]
—Danos poder y riqueza.
[Muéstranos el camino de la virtud y dános valor.]
—Pero que sea un camino fácil, donde no haya necesidad de esforzarnos.
[Ilumina nuestras vidas y llénalas de amor.]Mejores regalos para tus seres queridos
—Y que podamos disfrutar del… deseo carnal…
Me detuve.
“Eh… quizá eso fue demasiado.”
Mientras buscaba otra palabra, el murmullo creció. El rostro del sumo sacerdote se endureció visiblemente.
“Creo que hasta aquí llega mi papel de santa.”
No me importó. Después de todo, solo había mentido por un impulso.
Sonreí a todos los presentes.
En ese momento, un estruendo como si el cielo se partiera resonó en la catedral.
Aunque todas las ventanas estaban cerradas, un viento violento empezó a soplar.
Los sacerdotes con poder sagrado miraban alrededor, alarmados.
Yo también lo sentí: un escalofrío que me subía desde los huesos.
La señal inequívoca de la llegada de Gabriel.
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